Dulce Como Amélie - Capítulo 6.
Dulce Como Amélie
Por: Dirk Kelly
Capítulo 6 - Sábado en Manhattan
El día siguiente, sábado, amaneció con una luz pálida. No era exactamente gris, aunque el cielo tenía ese tono plateado que a veces adquiría Manhattan después de una noche fría. La ciudad parecía despertar lentamente, como si incluso sus edificios necesitaran unos minutos para recordar quiénes eran.
En la casa Harrington, el día comenzó con el aroma del café. Lindsay fue la primera en levantarse. Todavía llevaba puesto el camisón de algodón con el que había dormido y caminaba descalza por el piso de madera de su habitación. Abrió las cortinas y dejó que la primera luz de la mañana entrara.
Sobre el tocador seguía su cepillo de cabello.
Junto a él, el celular.
La última canción de Bruna Esmeralda en esa emisora de Arizona había terminado hacía horas, pero Lindsay todavía conservaba en la memoria aquella voz.
Se recogió el cabello de manera sencilla y bajó las escaleras.
En la cocina encontró a sus padres.
Su madre, Evelyn Harrington, estaba preparando café mientras su padre, Thomas Harrington, revisaba en una pequeña libreta las compras necesarias para la pastelería.
—Buenos días —dijo Lindsay.
—Buenos días, cariño —respondió Evelyn.
Thomas levantó los ojos.
—¿Dormiste?
—Sí.
—¿Mucho?
Lindsay sonrió.
—Lo suficiente.
Evelyn dejó una taza frente a ella.
—Eso significa que no dormiste suficiente.
—Mamá...
—Te conozco.
Lindsay tomó la taza. El calor le envolvió las manos. Durante unos segundos no hablaron. Era uno de esos pequeños silencios familiares que no tenían nada de incómodo.
En la radio de la cocina sonaba música instrumental.
La casa olía a café recién preparado, pan tostado y canela.
—Tenemos que salir temprano —dijo Thomas finalmente—. Hoy llegan las frutas para los rellenos.
—Y tenemos que preparar la masa de los croissants antes de las nueve —añadió Evelyn.
Lindsay asintió.
—Entonces será un sábado tranquilo.
Sus padres se miraron.
Y ambos rieron.
—Claro —dijo Thomas—. Tranquilísimo.
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A varias calles de allí, Elliot Whitmore también había comenzado su sábado. Su apartamento era pequeño, ordenado y silencioso. Sobre la mesa había una taza de café negro, una tostada y una pila de documentos. Elliot llevaba camisa blanca, pantalones oscuros y tirantes.
Aunque trabajaba como contador freelance, tenía una disciplina casi antigua para vestirse. No importaba si ese día solo tenía que revisar facturas. El orden exterior parecía ayudarle a mantener cierto orden interior.
Abrió su computadora.
Entre los documentos aparecía una carpeta con el nombre de Le Petit Panetière.
Otra decía:
Delos Café.
Elliot sonrió al verla.
Delos Café.
El pequeño café donde tantas cosas habían comenzado meses atrás.
Donde una confusión con una taza había terminado acercando a dos hombres que probablemente jamás habrían imaginado que una cafetería podía cambiarles la vida.
Elliot había visto suficiente del mundo como para saber que las historias importantes casi nunca comenzaban como uno esperaba.
Revisó las cifras.
Después tomó su café.
Y continuó trabajando.
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En otro edificio, no demasiado lejos, Kyle Lane despertó con el sonido de un camión pasando por la avenida. Abrió los ojos. Durante unos segundos no recordó dónde estaba.
Después vio el techo de su pequeño apartamento.
Nueva York.
Se levantó.
La habitación era modesta.
Una cama. Un escritorio. Un par de libros universitarios. Una mochila. Dos camisas colgadas detrás de la puerta. Y una fotografía pequeña de sus padres en el pueblo a las afueras de Nueva York del que había salido hacía poco.
Kyle la miró mientras se vestía.
Había dejado aquella pequeña localidad con una mezcla de miedo y entusiasmo.
Quería estudiar.
Quería trabajar.
Quería construir algo propio.
Pero la ciudad todavía le parecía enorme.
Algunas noches se sentía invisible.
Otras, simplemente cansado.
Trabajaba en True Delivery, estudiaba en la universidad y, cuando se lo asignaban en esa empresa, ayudaba con repartos de Le Petit Panetière.
Se preparó un café instantáneo.
No tenía tiempo para desayunar tranquilamente.
Antes de salir revisó su teléfono.
Tenía un mensaje de True Delivery de parte de la pastelería.
Pedido especial confirmado para mañana.
Kyle suspiró.
Domingo.
Seguramente significaba trabajo extra.
Sonrió apenas.
No le molestaba demasiado.
Había algo agradable en trabajar para Lindsay.
Ella siempre parecía recordar que detrás del uniforme había una persona.
Tomó su mochila.
Y salió.
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En el mismo edificio, varios pisos más arriba, Amanda Beauford también había despertado. Mucho más lentamente. Su apartamento tenía una quietud diferente. No era la soledad apresurada de Kyle. Era una soledad con la que parecia que había aprendido a vivir con ella.
Sobre una pequeña mesa había una fotografía de Lexi.
Amanda la miró mientras preparaba café.
Todavía había momentos en los que esperaba escucharla desde otra habitación.
Una pregunta.
Una risa.
El sonido de una puerta.
Después recordaba.
Lexi había muerto apenas un mes atrás.
Amanda no lloró aquella mañana.
Simplemente se quedó mirando la fotografía.
Después tomó su abrigo.
Los sábados eran días largos.
Había sido funcionaria del servicio postal durante años.
Ahora estaba retirada.
Tenía una hermana. Dos sobrinos jóvenes en el Bronx.
Dos veces por semana caminaba hasta Le Petit Panetière. No porque necesitara especialmente un croissant. Sino porque aquel lugar tenía algo que le permitía sentirse menos sola.
Todavía no sabía que el joven que vivía unos pisos más abajo también entraba allí algunas noches.
Todavía no sabía que aquel muchacho silencioso que a veces llegaba con uniforme de repartidor y cara de agotamiento vivía en el mismo edificio.
Dos vidas.
Dos edades.
Dos soledades completamente distintas.
Y, sin embargo, separadas apenas por unos cuantos pisos.
Todavía eran desconocidos.
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En Le Petit Panetière, Blair llegó poco después de las ocho.
Dan apareció diez minutos más tarde.
Ambos llevaban café.
—No quiero saber cuánto trabajo tendremos mañana —dijo Dan.
Blair dejó su bolso detrás del mostrador.
—Yo sí quiero saberlo.
—¿Por qué?
—Para poder prepararme desde hoy.
Dan soltó una carcajada.
Lindsay apareció desde la cocina.
—Buenos días.
—Buenos días —respondieron ambos.
—Mañana será pesado —dijo Blair.
—Lo sé— dijo Lindsay.
—El hotel ya confirmó todos los pedidos— dijo Blair.
Lindsay levantó una ceja.
—¿Los del brunch?
—Todos.
Dan dejó su café.
—Dicen que van artistas, gente de televisión, empresarios...
—Y socialités —añadió Blair.
—Eso.
Lindsay sonrió.
—Entonces tendremos que hacer que nuestros pasteles estén a la altura.
—Los pasteles sí —dijo Dan—. Yo no garantizo que esté a la altura de los socialités.
Blair se rio.
—Mañana trabajaremos horas extra.
Lindsay miró hacia la vitrina.
—Entonces hoy disfrutemos del sábado.
Dan levantó su taza.
—Por los sábados que todavía parecen normales.
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Al otro lado de Manhattan, en una oficina decorada con líneas modernas y grandes ventanales, Leo estaba revisando una carpeta.
Frente a él estaba Bruna Esmeralda.
Llevaba gafas oscuras sobre la cabeza y el cabello cuidadosamente arreglado, pero vestía de manera mucho más cómoda que durante sus presentaciones públicas.
Había pasado buena parte de la semana en el estudio de grabación.
Y se notaba.
—Tengo buenas noticias —dijo Leo.
Bruna se dejó caer en el sofá.
—Necesito buenas noticias.
—Los ensayos están funcionando.
—Eso espero.
—Y las grabaciones también.
Leo levantó una carpeta.
—La discográfica está muy contenta con las primeras sesiones.
Bruna sonrió.
—¿De verdad?
—Mucho.
Era extraño pensar que apenas habían pasado seis meses desde el lanzamiento de su primer álbum.
Seis meses.
Y aquella muchacha que todavía conservaba algo de la chica del Bronx que cantaba con sueños enormes había pasado a ocupar espacios que antes parecían reservados para otros.
Su segundo disco ya estaba en marcha.
Y esta vez el estudio no parecía un lugar de prueba.
Parecía el comienzo de algo más grande.
—No quiero repetir el primer disco —dijo Bruna.
Leo la observó.
—Lo sé.
—Quiero que suene como yo ahora.
—Eso es exactamente lo que estamos haciendo.
En la pantalla de la computadora apareció una llamada entrante.
Leo aceptó.
La imagen de Arnold Vega apareció desde Arizona.
—Buenos días —dijo Arnold.
Bruna sonrió.
—¡Arnold!
—¿Cómo está la estrella?
—Cansada.
—Eso significa que está trabajando.
—O que necesita vacaciones.
Leo intervino:
—Precisamente por eso mañana tiene un evento.
Bruna hizo una mueca.
—El brunch.
—El brunch— repitió Arnold Vega.
—Ese evento donde todo el mundo probablemente estará vestido como si acabara de salir de una revista— dijo Bruna.
Arnold sonrió.
—Tú encajarás perfectamente— dijo Leo.
—No sé.
Bruna cruzó las piernas.
—Seguro será un evento bastante hedonista— prosiguió.
Leo levantó una ceja.
—Probablemente— dijo Leo.
—Y necesario— dijo Arnold.
La sonrisa de Bruna se volvió más reflexiva.
—Tengo que empezar a moverme en esos círculos.
Miró un instante hacia la ventana.
—Aunque espero que no sean demasiado clasistas.
Arnold guardó silencio.
Bruna continuó:
—Yo vengo de Puerto Rico. Mi familia trabajó duro. Después crecí en el Bronx. No nací entrando por la puerta de adelante o de atrás de ningún club exclusivo.
Leo sonrió.
—Precisamente por eso estás ahí... subiendo como la espuma.
—Espero que no quieran cambiarme.
—No pueden.
Bruna sonrió.
Arnold levantó una mano desde la pantalla.
—Y si alguien intenta hacerlo, recuerda que tienes millones de personas detrás de ti.
Bruna soltó una carcajada.
—Eso suena bastante amenazante.
—Era mi intención.
Los tres rieron.
Leo cerró la carpeta.
—Mañana será importante.
Bruna asintió.
No parecía nerviosa.
Solo pensativa.
—Supongo que es extraño.
—¿Qué cosa?
—Que hace seis meses estaba intentando que alguien escuchara mi primer disco.
Miró sus manos.
—Y ahora estoy preocupada por si la gente correcta me escucha en una habitación llena de gente importante.
Arnold sonrió.
—Eso también es crecer.
Bruna lo miró a través de la pantalla.
—Espero no perderme en el camino.
Leo no respondió inmediatamente.
Después dijo:
—Mientras sigas recordando quién eras antes de que todos supieran quién eres, no creo que tengas ese problema.
Bruna sonrió.
Afuera, Nueva York brillaba bajo el sol de la mañana.
En otro lugar de la ciudad, Lindsay acomodaba pasteles.
Kyle comenzaba otra jornada.
Amanda salía lentamente de su apartamento.
Elliot revisaba números de dos negocios diferentes que, sin saberlo, estaban unidos por las historias de sus clientes.
Y en un motel barato, una familia recién llegada a Manhattan comenzaba a creer que quizá, después de todo, podía existir un futuro.
Era sábado.
La ciudad todavía no sabía lo que iba a ocurrir al día siguiente.
Pero algunas historias ya habían comenzado a cruzarse. Solo que sus protagonistas todavía no lo sabían.
Continuará...
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