Claveles Salvajes - Capítulo 3.
Claveles Salvajes
Por: Dirk Kelly
Capítulo III – El calor no miente
La noche había caído sobre Meanguera del Golfo con la espesura de una cortina húmeda. La isla —perla ignorada entre volcanes y océano— dormitaba entre cigarras y rumores. Desde su descubrimiento, Meanguera había sido punto estratégico para vigías y contrabandistas. En 1805, aún era dominio español, aunque sus playas eran holladas por lenguas distintas: inglés, holandés, garífuna y náhuatl.
Y en esa mezcla de imperios y ambiciones, el conde Aidan Wexford no era más que una sombra fugitiva.
—¿Por qué aún no nos hemos marchado, milord? —preguntó Luca desde la hamaca tejida en el umbral de la cabaña. Su voz era un ronroneo, apenas audible entre el crujir de la selva.
Aidan, sentado sobre una roca, descalzo, con el cabello húmedo por el baño nocturno, alzó la mirada.
—Porque tengo enemigos en ambos continentes, Van Der Veer. Y porque en Meanguera... aún no me han intentado envenenar.
Luca giró para observarlo.
—¿Y qué hay de Doña Solange?
—Solange Mendoza de Aragón es viuda de un almirante limeño, amante de un virrey y, si los informes no mienten, agente de la Santa Inquisición —Aidan dijo esto con tono seco, como si pronunciara una sentencia.
—No creí que aún se juzgaran herejes.
—No lo hacen. Pero sí excomulgan traidores... y amantes inconvenientes.
Luca se incorporó levemente en la hamaca.
—¿Entonces... fuiste amante de alguna dama virreinal?
Aidan no respondió de inmediato. Se llevó la taza a los labios, bebió del ron oscuro como si se tratase de agua bendita. Luego habló:
—Fui amante de la hermana del virrey. Y de su esposa. No al mismo tiempo... aunque casi.
—Ah —dijo Luca, sonriendo con deleite—. Entonces, el problema no es que Solange te odie. El problema es que aún no se ha decidido entre colgarte... o seducirte.
Un par de horas despues...
La brisa llegó más cálida, salada, cargada de un perfume de flores nocturnas. La luna, velada por nubes, dejaba todo a merced de los sentidos más que de la vista.
Dentro de la cabaña, Luca entró sin pedir permiso. Iba descalzo, con los pantalones de lino bajos en la cadera, y la piel bronceada reluciendo bajo el sudor y la humedad. Se sentó junto a Aidan sin mirarlo directamente.
—¿Te incomoda que duerma aquí, milord? —preguntó.
—Mientras no intentes compartir el catre, no.
—Tú tienes el catre. Yo tengo la hamaca. Pero a veces... los hombres cambian de idea a medianoche.
Aidan se volvió hacia él con el ceño fruncido.
—¿Qué insinúas ahora?
—Nada —respondió Luca, acariciando con el pulgar el filo de su copa—. Aunque si tuviera tus ojos... no me resistiría.
El silencio volvió a tensarse. Afuera, el canto de los sapos marcaba un ritmo tribal. Dentro, solo el eco de dos respiraciones que no coincidían.
Aidan se levantó de golpe.
—¡Te lo he dicho mil veces, Luca! No soy de inclinación sodomita ni dados a los gustos anómalos. Lo mío es el cuerpo de la mujer: su fragancia, su piel, su manera de mentir sin hablar.
—Y sin embargo —dijo Luca desde abajo, con voz dulce y varonil —. Me miras cuando crees que duermo.
Aidan no respondió. Salió al umbral. Desde allí se veía el mar. Negro. Infinito.
—Tal vez te miro —dijo al fin— porque representas todo lo que odio de este destierro. Eres insolente, indomable... y no tienes nombre noble que perder. Eres libre.
—Y tú —dijo Luca, ya de pie, a su espalda—. Eres una jaula con piernas. Llena de fuego, pero cerrada con llave.
Aidan se giró de golpe. Quedaron cara a cara, a un palmo de distancia.
Los pechos de ambos se agitaban. Los labios apenas separados.
Y entonces...
Una mariposa negra entró volando y se posó sobre la lámpara de aceite.
—Vete a dormir, Luca —murmuró Aidan, quebrando el momento con gesto seco—. Que mañana vendrán preguntas... y no quiero que nos sorprendan juntos como dos doncellas en una celda conventual.
Luca sonrió, obedeció, y mientras se retiraba añadió, casi como si cantara:
—Dormiré, milord. Pero si sueñas conmigo... no es culpa mía.
Y Aidan, solo otra vez, maldijo el calor, la isla... y el modo en que su cuerpo reaccionaba cuando el otro hombre lo llamaba "milord".
Continuará...

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