Lujuria en Versalles, Amor en Cataluña - Capítulo 4.


 

Lujuria en Versalles, Amor en Cataluña  

Por: Dirk Kelly


Capítulo IV – La Mansión en la Frontera


La noche era espesa como vino añejo. El carruaje, cubierto aún de barro y hollín de las aldeas incendiadas, se detuvo frente a la imponente mansión de Villeneuve, a pocos kilómetros de la frontera española. Allí, las columnas blanquecinas y las ventanas de hierro forjado parecían todavía pertenecer a la Francia antigua, la de terciopelos y banquetes, mientras a sus espaldas, París ardía y Versalles caía bajo el clamor de las masas.


Los criados, con el miedo en los ojos, los recibieron en silencio. El Duque había preparado ese refugio como última carta: desde allí podrían escapar hacia España o, con suerte, reorganizar alianzas con las casas nobles del sur. Pero más que un refugio, la mansión se transformaría en un escenario de pasiones oscuras.


Pierre d’Artagnan entró con paso firme, el sable aún ceñido, la mirada atenta. Había luchado en campañas, visto morir hombres bajo el polvo de la guerra, pero lo que ahora lo encadenaba era distinto: la cercanía abrasadora de Isolde, la astucia serpenteante de Claudine, la promesa de riqueza y poder que el Duque dejaba entrever en confidencias apenas susurradas.


Isolde lo llevó a una estancia privada antes de la cena. Allí, entre tapices bordados con escenas mitológicas y un lecho de dosel que aún olía a perfume extranjero, sus cuerpos al fin se unieron sin máscaras ni recatos. Los labios de ella sabían a vino dulce y a lágrimas contenidas; las manos de él, endurecidas por la espada, se tornaron súbitamente tiernas al recorrer su piel. La Revolución podía rugir a kilómetros, pero en ese cuarto solo existía el crujir de la cama y los gemidos entrecortados que rompían el silencio solemne de la mansión.


Cuando la marea del placer los dejó exhaustos, Pierre pensó que ese instante era su verdadera victoria, más intensa que cualquier batalla. Pero no tardaría en descubrir que en la mansión de Villeneuve la intimidad nunca era privada.


Más tarde, a la medianoche, vagando por un pasillo en penumbras, escuchó un sonido ahogado tras una puerta entreabierta. La curiosidad —y el veneno del deseo— lo empujaron a mirar. Allí, en el salón de espejos, Claudine se entregaba al Duque con una voracidad animal. Los cuerpos se arqueaban entre candelabros titilantes, la voz grave del noble mezclada con los susurros lacerantes de Claudine, que lo guiaba como si fuese ella quien lo reinaba.


Pierre quiso apartarse, pero sus ojos lo traicionaron. La lujuria pudo más. El espectáculo lo encendía, aun cuando el sudor de Isolde aún ardía en su piel. Era como contemplar un ritual prohibido: la nobleza devorándose a sí misma en un banquete de carne y poder.


Claudine, consciente de todo, giró apenas el rostro hacia la rendija y sonrió, como si hubiese sabido desde el principio que Pierre espiaría. Esa sonrisa lo atravesó con un filo invisible: lo marcaba como pieza en su juego.


La mansión de Villeneuve se convirtió entonces por un par de días, en un laberinto de tensiones cruzadas. El Duque tejía promesas políticas, Claudine manejaba los hilos de la lujuria y la manipulación, Isolde ardía por Pierre, y Pierre comenzaba a desear no solo el cuerpo de la joven, sino también la vida de nobleza que parecía al alcance de su mano: tierras, títulos, un asiento entre los poderosos que aún sobrevivieran a la tormenta.


Mientras tanto, afuera, el eco de la Revolución crecía. Los mensajeros traían noticias de Versalles saqueado, de más cabezas empaladas, alzadas en picas. El sonido de la guillotina se acercaba como un tambor inevitable.


En ese cruce de frontera, no solo escaparían de Francia: escaparían de sí mismos, hacia un destino donde el placer y la conspiración eran inseparables. Y cada suspiro, cada mirada furtiva, cada promesa rota, los hundía más en esa espiral de hedonismo y posible traición.


Continuará...


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