Sombras de Nashville - Capítulo 3.
Sombras de Nashville
Por: Dirk Kelly
Capítulo 3 – La Última Balada
La radio sonaba en la parte trasera del estudio de Jon, vieja y polvorienta, pero aún viva.
La misma noche regresaron despues de estar en la cada de Travis. La canción volvia a sonar en la 97.5 FM...
"Nunca dijimos adiós… solo cerramos la puerta y dejamos que el fuego hablara por nosotros..."
La voz de Jon. Cruda. Desnuda. Una toma que él creía enterrada bajo toneladas de culpa y silencio. Ahora estaba en el aire. En todos los bares, en los coches bajo la lluvia, en las bocinas de Nashville como una confesión hecha melodía.
Sienna se quedó de pie junto al ventanal. El cielo lloraba en azul profundo. Afuera, la ciudad seguía viva. Adentro, los fantasmas estaban terminando su última vuelta.
—Ahora todos lo saben —dijo ella sin girarse—. Que alguien murió. Que hubo un incendio. Que tú… que nosotros…
Jon no dijo nada. Estaba junto a la consola, bebiendo lentamente de una botella de Wild Turkey sin hielo, sin prisas. Había algo en sus ojos, un cansancio que venía de más atrás que el crimen. De años sin cerrar heridas. De besos que sabían a despedida incluso antes de darse.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó ella, apenas un susurro.
—No lo sé —respondió él—. Pero por primera vez… no quiero correr.
Sienna se dio vuelta. Tenía el cabello empapado por la lluvia que le había caído antes. El rimel le corría apenas, como una grieta hermosa. Se acercó a él. Despacio. Como si cada paso fuera un compás de una canción vieja.
Cuando estuvo frente a Jon, le quitó el sombrero con cuidado. Lo dejó sobre la mesa. Luego, sin pedir permiso, le desabotonó la camisa, uno a uno, los botones gastados por el escenario y la culpa. Él no se movió. Solo la miraba. Como se mira algo que se ha perdido y aún duele de tan hermoso.
—No vine para vengarme —dijo ella, apoyando la frente en su pecho desnudo—. Vine porque aún te amo, maldita sea.
Jon la abrazó con los brazos firmes. Sus manos recorrieron su espalda con devoción, no con lujuria. Era una caricia que decía te reconozco. Que decía ya basta de huir.
—Yo tampoco dejé de amarte, Sienna. Solo… dejé de saber cómo hacerlo sin doler.
Ella lo besó. Lento esta vez. Sin rabia, sin miedo. Fue un beso que supo a segunda oportunidad. A canción final.
Se amaron en el suelo del estudio, sobre alfombras llenas de polvo y sueños, entre guitarras desafinadas y luces bajas. No hubo prisas. Solo piel reencontrada. Lenguas que hablaban más que los labios. Manos que trazaban mapas viejos, cicatrices incluidas. Fue salvaje y lento a la vez. Como un solo de slide guitar bajo una tormenta.
Después, desnudos y entrelazados, escucharon el silencio.
Nashville seguía girando allá afuera. Pero ahí dentro, todo se había detenido.
—¿Crees que esto pueda salvarnos? —murmuró ella.
—No —dijo Jon, acariciándole el cabello—. Pero creo que esta vez… no vamos a quemarnos.
Cerró los ojos. Y por primera vez, desde aquel incendio, Jon Houlan se durmió sin pesadillas. Solo con el aroma de Sienna en su pecho.
La canción había terminado.
Pero el amor… seguía sonando.
Continuará...

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