Sombras de Nashville - Capítulo 4.
Sombras de Nashville
Por: Dirk Kelly
Capítulo 4 – El Hombre Detrás del Humo
...Mas sin embargo en un bar oscuro, a pocas cuadras del bullicio de Nashville, una figura encapuchada se apoyaba contra la barra, sus dedos tamborileando con impaciencia sobre el vaso medio vacío de whisky barato. La luz roja del neón atravesaba la ventana empañada, dibujando líneas que parecían cicatrices sobre su rostro semicubierto.
Su mirada estaba fija en la pantalla del celular, la que acababa de enviar hacia un par de horas, un mensaje que cambiaría el juego.
“La canción ya está en el aire. Escúchala en 97.3 FM. Buenas noches, estrella.”
Un nombre se dibujó en sus labios con una sonrisa torcida: Sienna.
Por años, había estado en las sombras, manejando los hilos que nadie veía, alimentando el miedo y la culpa que corrían bajo la superficie de Nashville. Sabía que esa canción era más que una melodía; era un disparo directo a un secreto enterrado.
Pero la canción, esa confesión disfrazada de verso y guitarra, no había hecho el daño que él esperaba.
Porque solo ellos —Jon y Sienna— podían entender su verdadero significado, el verdadero peso de esas palabras. Para el resto del mundo, era solo una balada más en la radio, una historia triste de amor y pérdida.
Y sin embargo, la semilla estaba plantada.
El mensaje no era solo una amenaza. Era una invitación.
Una prueba de que el pasado, como la música, siempre encuentra la forma de volver a sonar.
El hombre encendió un cigarro, y el humo serpenteó hacia el techo.
—Vamos a ver cuánto aguantan tocando esa canción… —murmuró, con un brillo oscuro en los ojos—. Porque alguien en esta ciudad va a pagar por lo que pasó.
Y mientras Nashville seguía girando, el juego de sombras comenzaba a tomar ritmo.
Esa noche en Nashville, las luces de neón luchaban por dominar la noche, y esta figura que emergía de la penumbra con la calma fría de quien sabe que tiene el control era Timothy Jameson, y para la mayoría, era solo otro cantante country más con una voz potente y un aura magnética.
Pero para Jon y Sienna, Timothy era mucho más. Era la tormenta que esperaba en silencio.
Timothy no era un hombre que dejara cabos sueltos. Había construido su carrera sobre melodías afiladas como cuchillas y letras que desnudaban verdades incómodas. Pero su verdadero poder residía en su mente calculadora y un sentido retorcido de justicia que le había costado más de una amistad... y quizás una vida.
Sentado en este bar austero, Timothy observaba la pantalla de su teléfono. Un mensaje de voz de un contacto oculto había confirmado lo que ya sospechaba: la canción que Jon y Sienna creían segura, ahora se estaba convirtiendo en una amenaza real para ellos dos.
—Ese disco... —musitó Timothy, con la voz grave y melódica—. No es solo un archivo. Es la llave para abrir todas sus puertas.
Sus dedos golpearon el vaso de whisky con un ritmo obsesivo, como el latido de un corazón vengativo. La muerte de Travis Dean no había sido un accidente ni un secreto. Había sido el comienzo de una deuda, y Timothy estaba decidido a cobrarla.
Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios cuando sus pensamientos volaron hacia Jon, el cantante con una pasión capaz de encender una ciudad y destruir vidas, y hacia Sienna, la mujer que encendía sus propios demonios.
—Vamos a jugar, Jon. Vamos a ver cuánto dura esa llama antes de que todo se derrumbe —susurró, mientras el humo del cigarro subía en espirales hacia el techo, desapareciendo en la oscuridad, igual que su paciencia.
La venganza había comenzado.
Continuará...

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