Claveles Salvajes - Capítulo 1.



Claveles Salvajes

Por: Dirk Kelly 


Capítulo I – El naufragio y los músculos



1805. Isla Meanguera del Golfo, Pacífico salvadoreño.


Antes de que el hierro europeo herrara estas arenas, antes de que el nombre del obispo Fonseca se susurrara entre las palmeras, la isla ya tenía alma. 


Los lencas la llamaron Meanguera, la Ciudad de los Chalchihuites, un reino de esmeraldas ocultas donde el sol y el mar celebraban un matrimonio eterno.


En 1522, el navegante Andrés Niño la bautizó bajo el nombre de una mujer, Petronila, intentando cubrir con seda española una tierra que siempre fue de piel cobriza y voluntad salvaje. Pero el nombre de la sobrina del obispo se desvaneció con la marea, devolviéndole a la isla su nombre verdadero, aquel que sabe a sal y a selva virgen.


Meanguera no es solo tierra; es un testigo silencioso. Sus costas han visto las sombras de naves piratas —los ecos de Drake y Cavendish aún vibran en los acantilados— y sus vientos han arrastrado el olor a pólvora de imperios que se desmoronaron. En esta ocasión sería un refugio para los que no tienen patria, un mapa de tesoros que no siempre son de oro, sino de sentimientos y carne.


Ahora, en este 1805, la historia se preparaba para escribir un capítulo que ninguna corona y gobierno nunca registraría. Entre el estruendo del Pacífico y el susurro de los Lencas antiguos, el destino ha arrojado a estas playas dos voluntades aparentemente  inquebrantables.


---


La espuma golpeaba la arena con violencia húmeda mientras el sol se abría paso entre las nubes como un dios obstinado. La selva zumbaba de calor y secretos. Y en medio de aquel paisaje que parecía tallado por la pasión de la tierra y el mar, dos figuras desentonaban como héroes arrancados de dos leyendas distintas.


Uno de ellos, de cabello rojo cobrizo y mirada dura, se mantenía erguido con la espalda recta y la mandíbula apretada. Su casaca oscura aún mostraba rastros del naufragio reciente, y aunque sus botas estaban cubiertas de lodo y sal, él conservaba esa altivez que solo la nobleza no arrepentida puede sostener.


Era Lord Aidan Wexford, conde caído en desgracia, acusado de traición a la corona inglesa por proteger secretos del virreinato español y por un duelo malicioso con el hijo de un embajador. Había sido obligado a huir, y Meanguera era su último exilio... o su primera libertad.


A su lado, como una estatua viva que burlaba toda lógica tropical, Luca Van Der Veerb sonreía con arrogancia ingenua mientras flexionaba su brazo desnudo. De torso macizo y piel bañada en bronce, el rubio holandés vestía un extraño corpiño metálico que revelaba más que cubría, reflejando la luz como si fuese un dios náufrago.


Era guardaespaldas de un noble prusiano que, según los rumores, había muerto de un “accidente diplomático” en Manila. Desde entonces, Luca ofrecía sus servicios por oro, por favores... o por simple diversión.


Pero su lealtad —cuando la ofrecía— era letal. Y no siempre se sabía a quién había jurado proteger... ni por cuánto tiempo.


—No tienes por qué quedarte en esta isla —dijo Aidan sin mirarlo, su voz como un cuchillo cubierto de terciopelo—. Hay otro barco que aún podría zarpar antes de la tormenta.


—¿Y perderme el espectáculo? —respondió Luca, con su sonrisa de mármol—. Además, alguien tiene que vigilar que no termines vendiendo tu alma por una copa de ron y un poco de nostalgia.


Un silencio ardiente se instaló entre ellos.


El conde lo miró con dureza. El sudor deslizándose por el cuello de Luca, el olor salado y dulce de la isla, el murmullo de las palmas... todo lo empujaba hacia un abismo que no quería nombrar.


Pero esta isla en las costas pacificas salvadoreñas parecía no respetar reglas, ni pasados, ni coronas.


—Aquí no eres noble, Aidan —dijo Luca, acercándose medio paso, suficiente para que sus cuerpos casi se rozaran—. Aquí eres sólo un hombre más, respirando calor y deseando cosas que no te atreves a decir.


Un trueno retumbó en la distancia.


Y la tormenta que se avecinaba no era solo meteorológica.


---


Luca dio otro paso, la tormenta solo se oía y veía a lo lejos y esta vez el sol lo bañó como si la selva misma le rindiera homenaje. Su pecho amplio, apenas cubierto por aquella prenda de tela bruñida, se alzó al compás de su respiración tranquila, provocadora.


Aidan Wexford, hombre de linaje y temple, sintió un estremecimiento breve pero inclemente. El calor del trópico ya era agobiante, pero lo que le quemaba no era el clima, sino esa presencia insolente que parecía haber sido esculpida para tentar incluso a los más firmes de carácter.


Luca ladeó la cabeza y sonrió como quien conoce su poder.


—No me niegue, milord, que no le intriga saber cómo resiste un cuerpo como el mío las noches como las de esta isla —murmuró—. Los soldados suelen quebrarse antes que yo… pero nunca sin una sonrisa.


El conde entrecerró los ojos, sintiendo cómo la línea entre provocación y peligro se desdibujaba como tinta en pergamino mojado.


Luca estaba demasiado cerca. Su voz baja, casi ronroneada, tenía el ritmo de una danza pagana, de esas que las damas inglesas fingían no conocer y los caballeros deseaban en silencio.


Aidan dio un paso atrás, alzando la mano como si espantara un enjambre invisible.


—Por San Jorge, Luca... —gruñó—. No te contraté como cortesano, ni como efebo de compañía. Me basto solo, y en lo tocante a las pasiones... me son propias las femeninas.


Luca soltó una risa clara, ligera, sin rastro de escándalo.


—¡Oh, a mí también, milord! —replicó, levantando ambas manos en gesto casi teatral—. Me encantan las mujeres. Con pasión. Con hambre. Con entrega.


El silencio volvió, y con él, la sospecha.


Aidan lo observó con el ceño fruncido, como si pesara cada sílaba en una balanza moral.


—¿De veras? —inquirió con una ceja alzada, como si olfateara en el aire algo más que sudor y sal marina.


Luca respondió con otra sonrisa, pero esta vez más enigmática, menos luminosa.


—Las mujeres, sí. Pero el deseo... milord... el deseo es criatura caprichosa. A veces bebe de fuentes que uno no se atreve a mirar a los ojos.


Aidan resopló y se dio media vuelta, con la capa ondeando al viento.


—Bah... hablas como un maldito poeta francés. Te advierto, Van Der Veer: una mirada más como esa y te mando a dormir con los cocoteros.


—¿Y si me gusta la compañía de los cocoteros? —replicó Luca, con una carcajada insolente que se perdió entre las olas.


Detrás de ellos, la jungla se cerraba como un telón espeso, y en el aire flotaba algo más que calor: el aroma inquietante de un deseo prohibido... o quizá solo mal interpretado.


Continuará...



Comentarios

Entradas populares de este blog

Halloween Love - Capítulo 2

Halloween Love - Capítulo 1.

Halloween Love - Capítulo 3.