Claveles Salvajes - Capítulo 2.



Claveles Salvajes

Por: Dirk Kelly 


Capítulo II – La mujer de la goleta negra


Isla Meanguera del Golfo, junio de 1805.


El alba rompía lenta sobre las aguas calmas del Golfo de Fonseca, pintando de oro los filos de la jungla espesa. Meanguera, pequeña joya isleña bajo dominio de la Corona Española, era desde hacía décadas un lugar de paso para corsarios, comerciantes de cacao, eclesiásticos y soldados de fortuna.


En el corazón de esa isla, la humedad no solo calaba en los huesos, sino en la conciencia. Todo parecía fermentarse con lentitud: el ron, los secretos, el deseo.


Aidan Wexford, noble exiliado, se hallaba en la cima del peñón de Santa Isabel, contemplando el horizonte. Sus botas polvorientas y su camisa aún manchada de mar eran el uniforme de un hombre que no pertenecía ni a la isla ni a su pasado.


Detrás de él, Luca Van Der Veer trepaba la cuesta como una fiera en celo con músculos tallados en mármol vivo.


—Milord... —dijo con tono burlón—. El vigía afirma que una goleta sin bandera se aproxima desde el sur. Viene ligera. Con vela negra.


Aidan giró lentamente.


—¿Negra?


—Tan negra como tu actitud cuando me miras al amanecer —respondió Luca, con esa media sonrisa que convertía la tensión en broma... o en provocación.


El conde suspiró.


—¿Crees que será la mujer española? —preguntó.


Luca asintió.


—O alguien que quiere que pensemos que lo es.


---


El muelle de rocas naturales recibía el barco como un altar. La goleta negra atracó sin ceremonia, aunque una mujer descendió por la tabla con tal elegancia que ni una reina habría osado imitarla.


Tenía cabello oscuro recogido en trenza de batalla, y su falda de lino verde se abría como abanico tropical al viento. Bajo el sombrero de ala ancha, brillaban unos ojos que parecían recordar cosas que aún no habían ocurrido.


Se presentó como Doña Solange Mendoza de Aragón, emisaria del virrey de Lima, en Perú. Aidan y Luca estaban entre los que fueron a recibirla. Ella lo reconoció pero fingió que no... Y se acercó a ambos.


—Viajo bajo nombre ajeno y bandera fantasma —explicó al conde Wexford—. Busco a un hombre llamado Aidan Wexford. Sé que está aquí. Su cabeza vale más que una hacienda.


Aidan palideció. Luca se adelantó, como un perro entrenado a olfatear el peligro.


—Milady... —dijo con su acento europeo arrastrado—. Nadie aquí responde a ese nombre.


—Tú eres su guardaespaldas —susurró Solange, mirándolo con una mezcla de desprecio y curiosidad—. ¿Te paga bien el inglés por cuidar de sus secretos?


Luca sonrió.


—Me paga en comida, ron... y conversación. Aunque últimamente, más en conversación que en ron.


La mujer lo evaluó de pies a cabeza.


—No pareces un hombre que se conforme solo con hablar.


El silencio que siguió fue tan espeso como la humedad de la selva.

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Horas después, en la choza de palma donde se refugiaban, Aidan y Luca bebían café negro.


El inglés daba vueltas al contenido de su taza como si allí flotara el destino de la isla entera.


—Esa mujer... no es mensajera. Es arpía del Virreinato —dijo Aidan—. No me cree. Y tú... la mirabas como si fueras a desnudarla con los ojos.


Luca rió, echando la cabeza hacia atrás.


—¿Acaso esperaba usted que la recibiera recitando salmos?


—Esperaba que fingieras ser un caballero. Pero... quizás es demasiado pedir a un hombre que se pavonea por la playa sin camisa y me mira dormir —dijo Aidan, entornando los ojos.


Luca fingió indignación.


—¿Acaso me acusa, milord, de afecto inapropiado?


Aidan se levantó de golpe.


—¡Te acuso de despertarme en mitad de la noche tarareando una canción de cuna alemana y de observarme como si esperases que me desnudara para el altar!


Luca lo miró con dramatismo fingido.


—¿Y no lo hizo, acaso? —dijo, llevándose una mano al pecho.


—¡No lo contraté como concubino! —gruñó Aidan, volviendo a sentarse con brusquedad—. Y le repito que mis intereses carnales se orientan hacia damas, señor Van Der Veer. Damas de carne, hueso y cintura.


Luca alzó su copa.


—¡A las damas! ¡Y a sus encantos... inigualables!


Aidan entrecerró los ojos.


—Sí, claro. A las damas... —murmuró, sin dejar de mirarlo con franca sospecha.


Mas tarde esa noche, Solange escribía en su diario...


"Meanguera huele a sal, a madera podrida y a miedo reprimido. He bajado de la goleta con el nombre de un traidor en los labios: Wexford. He visto cómo el color abandonaba su rostro al oírme. Cree que no lo reconocí. Cree que su barba de náufrago y su casaca sucia son un disfraz suficiente. 

Pobre milord. Sus ojos de tormenta inglesa lo delatan. Lo reconozco perfectamente de los informes del Virreinato (y de algún salón que él preferiría olvidar). Pero voy a fingir. Es mucho más divertido ver cómo un hombre de linaje intenta enterrar su orgullo en la arena mientras yo le sostengo la mirada. ¿Cuánto tardará en quebrarse?

Y luego está la "bestia" que lo custodia. Su guardaespaldas Luca Van Der Veer. Un monumento de bronce y arrogancia que se interpone entre mi presa y yo. Dice que lo cuida por "conversación". Miente. Hay una electricidad entre ellos que el calor del trópico solo empeora. Luca me mira con hambre, pero sospecho que su verdadera lealtad no se compra con oro."


Afuera, los grillos cantaban como si el mundo fuera a terminar esa misma noche.


Y quizá no se equivocaban.


Continuará...

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