Claveles Salvajes - Capítulo 5.
Claveles Salvajes
Por: Dirk Kelly
Capítulo V – Las miradas que no se olvidan
Isla Meanguera del Golfo, finales de julio de 1805.
El cielo amaneció cubierto de una bruma plateada. Las hojas de palma susurraban entre sí como comadres, y las olas rompían suaves, como si la isla respirara con calma fingida tras noches de pasión, sangre y secretos.
En la ensenada, el barco de Solange estaba listo.
Las velas negras —testigos de noches sin nombre y viajes sin ley— habían sido sustituidas por estandartes blancos y escudos españoles que ondeaban con una dignidad casi ofensiva. La madera crujía bajo el peso de una nueva identidad, como si el navío mismo se resistiera a fingir virtud.
Una pequeña flota había llegado al fin.
No era una visita cualquiera. Era la mano del poder extendiéndose sobre la costa desde Sudamérica a Centroamérica: galeones con insignias del virreinato de Lima, soldados con armaduras bruñidas por el sol, estandartes que hablaban de orden… y de control.
La protección del virrey. O su amenaza.
Días antes, la carta había llegado con lacre rojo y palabras cuidadosamente elegidas.
El virrey —viejo, astuto, consumido por una necesidad tardía de redención social— le anunciaba su decisión: su esposa había muerto en un trágico accidente de carruaje. Una desgracia que había conmocionado Lima…
...Solange recordaba bien cómo había leído esa línea, con una calma casi ceremonial, mientras una leve sonrisa se dibujaba en sus labios.
Aquel accidente no había sido un capricho del destino. Había sido una obra minuciosa.
Semanas atrás, en Lima, en un patio oculto entre muros de cal y sombra, Solange había dado la orden con voz baja y firme. Dos de sus lacayos —hombres sin nombre y sin escrúpulos— partieron con instrucciones claras: una rueda suelta en el momento preciso, un caballo asustado, un camino maldito al borde del abismo.
Nada debía parecer deliberado. Y así fue.
La esposa del virrey murió entre madera y hierro retorcidos y polvo. Y con ella, desapareció el último obstáculo.
Ahora, en la carta, él hablaba de honor, de necesidad, de unión. De conveniencia mutua. La mandaría a recoger.
La haría su esposa en unos pocos meses. “Para guardar las apariencias”, decía.
Solange había cerrado los ojos un instante al terminar de leer. No por emoción… sino por cálculo.
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La casa colonial de la colina hervía de criados, soldados y papeles sellados.
El aire olía a tinta fresca, a cera derretida y a obediencia.
Solange se paseaba por los corredores como una reina sin corona, pero con todos los derechos de quien ya ha ganado la partida. Sus vestidos eran más recatados ahora: telas claras, cuellos altos, mangas largas que ocultaban la memoria de sus antiguos excesos. Sus palabras se habían vuelto suaves, medidas, casi devotas. Su voz adoptaba una cadencia piadosa que engañaba incluso a los más atentos.
Ya nadie la llamaría “amante”. Ahora sería “dama de fe”.
Una máscara impecable.
Pero bajo esa tela blanca, su cuerpo seguía siendo el mismo territorio de fuego y deseo. Y sus ojos… sus ojos no habían cambiado.
Eran los de una bestia.
Una bestia paciente, que no caza por hambre, sino por ambición. Que no ama… posee.
Desde el balcón, contempló la flota anclada en la ensenada. El mar brillaba con una luz traicionera, casi inocente. Los hombres del virrey se movían como hormigas obedientes, preparando su traslado, su nueva vida, su ascenso definitivo.
Una vida que ella misma había construido… sobre un cadáver.
Solange llevó una mano a su cuello, donde pronto reposaría un apellido más poderoso que cualquier deseo. Sus labios se curvaron apenas.
—Lima… —susurró, como si saboreara la palabra.
Pero en el fondo de su mirada, más allá de la ambición y la victoria, había otra cosa latiendo. Algo más oscuro. Más íntimo. Aidan Wexford.
Como si, incluso en medio de su triunfo…
aún necesitara devorarlo antes de marcharse.
—Dejaremos la isla al anochecer —anunció a su ayudante, sin levantar la vista de su crucifijo de marfil—. Que le entreguen a Wexford el documento de exoneración. Ya no me interesa su cabeza.
—¿Ni su lecho, señora?
Solange alzó la mirada.
—Algunas pasiones deben mantenerse ardientes... en la ausencia. Como el incienso. Como la culpa.
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Aidan Wexford, en la rústica cabaña reconstruida, recibió el pergamino con su nombre limpio, pero no sonrió. No había júbilo en su gesto, solo un suspiro contenido y un cansancio digno.
—¿Así acaba todo? —preguntó, mirando el horizonte—. ¿Con un sello real y una partida vacía?
—Quizá así empieza —dijo Luca, apoyado en la palmera más cercana.
Habían pasado días desde el ataque. Luca se movía con lentitud, una herida en el costado aún fresca. Aidan le había cuidado en silencio, con manos firmes y mirada esquiva.
Ambos se vieron un instante mientras sin palabras tomaban café negro juntos.
Esa noche, mientras las antorchas del puerto se encendían como luciérnagas al borde del exilio, Luca se le acercó por última vez. No con deseo. Sino con algo más silencioso. Más triste.
—Me marcho con la goleta del gobernador inglés —dijo—. Me han ofrecido protección en Jamaica. Una nueva misión.
—Lo suponía —respondió Aidan, sin emoción aparente.
—¿Y tú?... Podrías acompañarme...
—No... Me quedaré. Aquí nadie me exige título ni explicación. El sol no me juzga. El mar no me pregunta con quién he yacido ni a quién he amado.
Luca rió suavemente y le dijo:
—No me digas que vas a echarme de menos, Aidan.
Aidan se volvió. Lo miró. Largo.
—Nunca he visto a hombre ni mujer que me mire como tú lo haces, Luca.
Luca bajó la cabeza. Por primera vez, sin sonrisa.
—Yo tampoco. Nunca he mirado así a nadie.
El silencio se extendió como una manta. Y luego, el holandés alzó los ojos, brillantes, llorosos, vulnerables.
—Milord… si alguna vez cambias de idea… o si algún día deseas ser mirado así de nuevo…
—¿Me buscarás? —interrumpió Aidan.
—No. —Luca negó suavemente—. Pero recuérdame y sabrás que fui real.
Y Luca se marchó. Sin beso. Sin promesas. Solo con la certeza de haber dejado algo que ni el tiempo, ni los documentos, ni las guerras podían borrar: una mirada que no se olvida.
Aidan lo vio alejarse tras la puerta.
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Semanas después, Doña Solange Mendoza de Aragon desembarcaba en Lima. Luego en su carruaje, leía los informes de sus espías y asistía a misa cada domingo. Era aplaudida por nobles, temida por sus rivales, deseada por los jóvenes oficiales. Y cada tanto, al cerrar los ojos, su mente viajaba a Meanguera del Golfo.
No por el paisaje. No por la coartada que necesitaba al estar ahi por la esposa muerta del virrey que traicionaron.
Sino por aquel conde salvaje que se quedo a vivir ahí y que le hizo sentir —por unos instantes— que la malicia puede arder como virtud.
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En los años en que la Corona española comenzaba a agrietarse en América, cuando los hombres aún hablaban de Dios mientras hundían cuchillos en nombre del oro y la honra, hubo quienes vivieron fuera del margen de la historia escrita.
Aidan Wexford, noble sin patria, y Luca Van Der Veer, extranjero sin destino fijo, fueron dos de ellos. Mitad leyenda, mitad escándalo. Tan distintos como la seda y la pólvora. Y al mismo tiempo tan sumilares como dos claveles. Y unidos por una isla que no pregunta, que no juzga... que solo observa.
Y tal vez, en los claveles salvajes que aún florecen en Meanguera, alguien encuentre el perfume de un amor que nunca fue del todo negado… ni del todo satisfecho.
FIN.

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