Claveles Salvajes - Capítulo 4.


 

Claveles Salvajes

Por: Dirk Kelly 


Capítulo IV – La sangre no se lava con agua bendita



Un par de días despues...


La noche se rompió como una vasija de barro al chocar contra la piedra.


Desde las colinas, surgieron gritos en castellano, bengalas rojas, y el retumbar de arcabuces encendió la selva como si el infierno hubiese abierto una de sus puertas. Era un ataque.


Soldados españoles —quizás desertores, tal vez cipayos al servicio de Solange— descendían en pequeñas barcas por el costado norte de Meanguera, en dirección a la bahía donde Aidan y Luca guardaban provisiones.


El conde saltó del catre sin camisa, espada en mano, el torso marcado por viejas cicatrices y un presentimiento amargo.
Luca ya se había atado el cinturón y bajaba los escalones con la ligereza de un felino.


—¡Son ocho, tal vez diez! —gritó—. Y buscan algo. O alguien.


—¡O a mí! —dijo Aidan, con la voz áspera.


Luca volteó y sonrió en plena penumbra.


—Vaya. Al menos eres popular entre los que no te desean carnalmente.


---


El combate fue sucio, improvisado, brutal.


Aidan decapitó a uno con una estocada que no habría aprobado la esgrima de Oxford, y Luca quebró el cuello de otro con un solo brazo. La sangre se mezcló con la arena caliente. Las llamas de la cabaña incendiada crepitaban con un resplandor casi sagrado.


Lucharon espalda contra espalda, resoplando, gritando, riendo entre jadeos.


Y cuando el último atacante huyó herido hacia la selva, dejando atrás tres cadáveres y un machete, Luca se dejó caer sobre la arena.


—¿A esto le llaman destierro? —preguntó—. Es más divertido que Viena.


Aidan, jadeante, escupió sangre ajena.
—Cállate, Van Der Veer... antes de que piense que peleas así para impresionarme.


—¿Y si lo hago?


Aidan lo miró. No con miedo. Ni con furia. Con un desconcierto profundo, como si no supiera ya qué significaba ser hombre, exiliado... o simplemente deseado.


—Dios te cuide, Luca —murmuró, antes de irse a vendar el brazo herido.


---


Mientras tanto, a una legua de distancia, en una casa de maderas nobles en la cima de la colina, Doña Solange Mendoza de Aragón observaba el incendio a través de su catalejo. Vestía una bata de seda blanca, y en su mano sostenía un rosario de ónix que usaba más como adorno que como instrumento de fe.


A su lado, el joven mulato que servía de ayudante personal —y probablemente espía de más de un poder— le ofrecía un vaso de agua de rosas.


—¿Ordenamos el avance, señora? —preguntó.


Solange bebió y suspiró con teatralidad.


—No aún. Quiero ver cómo se defienden. Especialmente él... Aidan Wexford.


El sirviente ladeó la cabeza.
—¿Sigue usted deseándolo, señora? Después de lo que hizo. Después de... las dos mujeres afines al virrey.


Solange sonrió, con una mueca afilada.


—Aidan no es solo un hombre... es un incendio. Uno al que siempre se vuelve, incluso si ya ha quemado a media ciudad.


—¿Y qué hará cuando lo tenga?


—No lo sé —dijo, encendiendo un cigarro fino con una cerilla—. Tal vez lo lleve a Lima. Tal vez lo envenene. Tal vez me lo tome como penitencia.


—¿Y qué dirá el virrey?


Solange lo miró con lástima.


—El virrey me posee en papel... pero en el lecho, últimamente, solo recita versículos y jadea como un fraile asmático. Aidan, en cambio... Aidan me haría blasfemar entre sábanas.


—¿Y La Santa Inquisición?


Ella soltó una risa musical, vacía de fe.


—La Inquisición es mi espada, no mi conciencia. Y en todo caso... las mujeres como yo ya no tememos al infierno. Lo llevamos puesto.


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El fuego aún no moría en la playa. Aidan, vendado y silencioso, bebía ron con los ojos fijos en la costa.


Luca se acercó y le ofreció una camisa limpia.


—¿Qué harás si vuelve mañana? —preguntó.


—Matarla.


—¿Antes o después de besarla?


Aidan no respondió. Se puso la camisa.
Y en el reflejo de la luna, ambos sabían que el peligro no había pasado. Solo había cambiado de forma.


Continuará...





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