La Ninfa y el Fauno de Ashwood - Capítulo 4.




La Ninfa y el Fauno de Ashwood

Por: Dirk Kelly 


Capítulo IV – El regreso de la Guardabosques


El aire de la floresta se volvió de una densidad casi sólida, como si cada sombra ocultara un suspiro y cada hoja fuera el testigo mudo de una transgresión inminente. Marco, poseído por una lujuria que ya no conocía frenos ni decoro, comenzó a despojarse de sus vestiduras frente a la pareja de titanes. Sus ropajes cayeron al musgo con la ligereza de las inhibiciones perdidas, revelando su anatomía atlética, tallada en el rigor del hierro y el sudor.


Daniel observaba la escena con una mezcla de asombro y turbación, sintiendo cómo la sangre galopaba hacia sus partes bajas, provocando una prominente erección que tensaba sus pantalones de hidalgo moderno. Marco, ya desnudo y vibrante, solo con sus calcetines y botines puestos, avanzó hacia el claro, convencido de que la sonrisa de la mujer era el salvoconducto hacia un paraíso de placer carnal.


Allí estaban ellos, tal como las leyendas los pintan: Ellen, con un rostro de nívea porcelana enmarcado en una cascada de cabellos broncíneos, y Andros, un coloso de barba recortada y músculos semivelludos que exhalaban un aroma a virilidad y tierra húmeda. Ambos permanecían aun unidos en aquella posición de asedio erótico, mostrando la gloria de sus cuerpos sin el estorbo de las ropas, siendo simplemente dos deidades de músculo y deseo.


Fue entonces cuando Andros se puso de pie con una agilidad felina, rompiendo la fantasía de Marco con una realidad que le hizo temblar las rodillas. Su voz, grave y teñida de una ironía lacerante, cortó el aire:


Tus nalgas de gimnasio… casi rivalizan con las de Ellen —sentenció el coloso, clavando su mirada en la retaguardia de Marco—. Podríamos hacernos cargo mi mujer y yo de ellas, dándote una lección de placer mientras estás en cuatro patas, antes de tocar tu insolente erección de miembro viril.


Marco, el hidalgo osado, se sintió de pronto vulnerable ante tal autoridad carnal. Daniel permanecía estático, atrapado entre la lealtad a su amigo y la tentación de rendirse a la corriente de aquella orgía inminente. Ellen, desde el suelo, observaba con una sonrisa enigmática, como si disfrutara del poder que su hombre ejercía sobre los intrusos.


Pero el destino, siempre caprichoso, decidió intervenir. A lo lejos, por el sendero, surgió la figura de Clara, la guardabosques. Su presencia, aunque distante aún, actuó como un faro de orden en medio del caos de las pasiones.


Andros, en un último gesto de dominio absoluto, propinó a Marco unas rápidas y sonoras nalgadas en su gran trasero, un castigo manual que dejó las carnes del hombre rojas y palpitantes.


Compórtate, cabrón —le espetó con firmeza, mientras sus ojos buscaban a Ellen.


Con la rapidez de los seres mitológicos, ambos recogieron sus telas y se perdieron entre los matorrales antes de que la autoridad pudiera darles alcance, dejando tras de sí un rastro de deseo insatisfecho y misterio.


Clara llegó al claro, contemplando la escena con una serenidad que helaba la sangre. Marco, aún desnudo y con el orgullo (y los gluteos) heridos, y Daniel, todavía con el vigor de su deseo marcando su ropa, escucharon la voz de la guardiana:


Aquí, en el bosque, no pueden dar rienda suelta a pasiones como si fueran maridos o novios en su noche de bodas.


¡Daniel y yo solo somos amigos! —replicó Marco con enojo, mientras buscaba sus pantalones.


Clara sonrió con una sabiduría que rayaba en lo perverso. Al escuchar el relato de los jóvenes hombres sobre la pareja de la tienda que acababan de encontrar haciendo el amor, la expresion de Clara se volvió casi festiva.


Se han cruzado con la pareja misteriosa—explicó—. En Ashwood los llaman la Ninfa y el Fauno. Se dice que son seres de leyenda que seducen a propios y extraños, alimentándose del placer para luego dejarlos desnudos y despojados de sus posesiones ante la ley. Otros dicen que solo son ladrones muy habiles y seductores... Como sea, gracias a ellos, las arcas del pueblo de Ashwood se llenan con las multas por actos indecorosos. Ustedes se han salvado porque al menos uno está vestido... y el otro me cae bien por hermoso, aunque vuestros rostros de deseo indican que estaban a un paso de caer en alguna tentación.


Mientras tanto desde la altiva cresta de una colina cercana, despojados de toda vestidura y sosteniendo sus ropajes con la despreocupación de los dioses del Olimpo, Andros y Ellen observaban. Ella, cuya voz poseía la suavidad del rocío que acaricia las rosas, susurró con una cadencia hipnótica: 


Habrá otros, mi cielo… el deseo nunca muere.


Andros, cuya sonrisa guardaba el fuego de mil estíos, la estrechó contra su pecho hercúleo en un beso de néctar y pasión desbordada. Antes de recogerse en su morada secreta, habrían de dar fin al rito amatorio que el azar dejó inconcluso; pues lejos de apagarse, el incendio de su sangre se había acrecentado tras el encuentro lascivo con aquellos mancebos, Marco y Daniel, presas que, por esta vez, habían logrado salvarse a su asedio de placer.


Horas más tarde, ya lejos de los dominios de Ashwood, el silencio en el carruaje de metal que actualmente llaman automóvil, era un silencio sepulcral. Marco conducía con el ceño fruncido, mientras Daniel, recuperando su no muy usual tono irónico de caballero, rompió el hielo:


En serio… macho ¿hubieras entregado tus grandes y musculosas posaderas al Fauno con tal de estar con la Ninfa?—dijo entre risas.


¡Por favor, cállate, Daniel! —estalló Marco, apretando el volante con una furia que no lograba ocultar su excitación persistente.


Mientras tanto, en la soledad de su cabaña de vigilancia, Clara redactaba su informe ante el resplandor de la pantalla de cristal de la laptop. El eco de la lujuria que había presenciado en el claro se le había contagiado como una fiebre. Sus dedos dudaron sobre el radio comunicador, pensando en Jordan, su jefe distante y gallardo.


Base central… —susurró ella.


Te escucho, Clara —respondió la voz de Jordan, profunda y segura.


Todo bajo control... —dijo ella, aunque su brillante y eufórica mirada se perdía en la oscuridad del bosque, que seguía vivo, palpitante, aguardando a los próximos caminantes que se atrevieran a desafiar sus sombras.


Fin.


Comentarios

Entradas populares de este blog

Valentine Love - Capítulo 2.

Halloween Love - Capítulo 2

Halloween Love - Capítulo 1.