La Ninfa y el Fauno de Ashwood - Capítulo 2.



LA NINFA Y EL FAUNO DE ASHWOOD

Capítulo II – El Pueblo


Al despuntar el alba de la jornada siguiente, el murmullo sagrado de la floresta se transmutó en el bullicio mundano del villorrio cercano. Los hidalgos Daniel y Marco encaminaron sus pasos por callejuelas empedradas que exhalaban una fragancia embriagadora de café recién molido y maderas besadas por la lluvia. Al fondo, como una joya de zafiro líquido, el lago de Ashwood centelleaba bajo el sol, guardando en sus profundidades secretos que solo los cuerpos audaces se atreverían a profanar.


Sus pasos los condujeron a una mercería situada junto al muelle, un rincón atestado de colores estivales donde las cañas de pescar y las prendas de baño colgaban como promesas de un placer inminente. Fue allí donde sus ojos, siempre prestos al deleite de la forma, se toparon con una visión soberbia.


Una mujer de fisonomía atlética, poseedora de unas curvas tan firmes que parecían desafiar la blandura de las mortales comunes, recorría los estantes con una vitalidad desbordante. Sus manos, de dedos largos y seguros, sostenían un traje de baño cuya brevedad resultaba casi un escándalo; una tela mínima que luchaba, en vano, por contener la fuerza hercúlea de su figura y sus poderosas nalgas, verdaderos orbes de músculo que se tensaban bajo su andar.


Daniel quedó petrificado, como si hubiera contemplado una revelación divina. Marco, por el contrario, dejó escapar una risa cargada de esa picardía que lo caracterizaba.


Ese bikini va a reventar en cuanto toque el agua, te lo juro —susurró Marco, con los ojos clavados en la turgencia de aquella anatomía.


La fémina procedió a probarse la prenda frente a un espejo, y la tela, rendida ante tal despliegue de vigor, se estiraba hasta el límite, insinuando la geografía prohibida de su retaguardia. La atmósfera en la pequeña tienda se volvió densa, saturada de un deseo que podía cortarse con el filo de una espada.


Fue en ese instante de máxima tensión cuando hizo su aparición un varón de porte imponente, un titán que parecía haber escapado de un friso del Partenón. Sus hombros, anchos como el horizonte, y su mirada cargada de un celo posesivo, delataban que era el dueño de aquella escultura viviente. Se acercó con la seguridad de un señor feudal, posando una mano de dedos fuertes sobre la espalda de la mujer.


Marco, sin apartar la mirada de la musculatura del recién llegado, bajó la voz:


Mira a ese tipo, Daniel. Está tallado en mármol... y tiene toda la pinta de que no le gusta compartir sus juguetes.


Daniel lanzó una mirada de reproche a su amigo, aunque en su interior sentía el mismo ardor. El extraño los observó con un recelo gélido, detectando la chispa de atracción que flotaba en el ambiente. Con un gesto seco y protector, condujo a la mujer hacia la salida. Ella, antes de perderse tras el umbral, giró apenas el rostro y regaló a los amigos una sonrisa fugaz, un relámpago de complicidad que iluminó la penumbra de la estancia.


El silencio que sobrevino fue más elocuente que cualquier salmo. Daniel y Marco se miraron, sabiendo que el pueblo ya no era solo un refugio, sino el escenario de un presagio: la promesa de que el deseo, en su forma más atlética y rotunda, los perseguiría hasta las orillas del lago.


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