La Ninfa y el Fauno de Ashwood - Capítulo 3.
La Ninfa y el Fauno de Ashwood
Por: Dirk Kelly
Capítulo III – El bosque susurra
El retorno al campamento no fue una marcha ordinaria, sino un tránsito por un sendero que parecía exhalar vapores de deseo. El bosque, aquel muro de sombras esmeraldas que antes ofrecía un refugio sereno, vibraba ahora con una frecuencia distinta, un murmullo que no nacía del viento entre las frondas ni del agua que lamía las orillas del lago. Era un pulso vital, un latido que recorría la tierra húmeda y se filtraba por las plantas de los pies de nuestros protagonistas.
Mientras tanto, en la soledad de su caseta de vigilancia, Clara habitaba un microcosmos de tecnología y anhelo. El crepitar del radio comunicador era la única música en aquel refugio de madera.
—Aquí Base Principal, Clara, ¿me recibes? Todo tranquilo por el sector norte? —la voz que emanaba del aparato era profunda, una barítono que hacía vibrar los cristales y, con ellos, el pecho de la guardabosques.
Clara acarició el micrófono con la yema de sus dedos, imaginando la mandíbula firme de su superior al otro lado de la frecuencia.
—Te recibo fuerte y claro, Jefe. Todo bajo control... aunque el bosque está especialmente "activo" hoy. Ya sabes cómo se pone Ashwood en primavera —respondió ella con una sonrisa lánguida, dejando que un matiz de coquetería se deslizara por las ondas de radio. Adoraba a aquel hombre; era la autoridad que su espíritu rebelde ansiaba reconocer.
Ajenos a esta frecuencia, Daniel y Marco se internaban en la espesura. Fue entonces cuando el aire se cargó de un aroma a almizcle y esfuerzo, y un ritmo rítmico, casi litúrgico, llegó a sus oídos. Se aproximaron con la cautela de quien teme romper un hechizo y, tras un velo de helechos, descubrieron el sacrilegio más hermoso.
Allí, en un claro bañado por una luz dorada y oblicua, se hallaba la pareja del pueblo. Ellen, la ninfa de curvas indomables, y Andros, el coloso de mármol.
La escena era una oda a la anatomía: Ellen se ofrecía en una posición de entrega absoluta, apoyada en sus cuatro extremidades sobre un lecho de musgo, mientras Andros, desde atrás, la poseía con la fiera elegancia de un semental de noble alcurnia. Los movimientos pélvicos de aquel hombre eran exhaustivos, lentos y profundos, ejecutados con una cadencia que hacía que los músculos de sus glúteos, rotundos y poderosos como dos escudos de bronce, se tensaran y relajaran en una danza de fuerza bruta.
Daniel sintió que el aire le faltaba ante la visión de aquellas posaderas masculinas soberbias que se chocaban rítmicamente contra las caderas femeninas, creando un sonido de carne contra carne que era el único evangelio de esa tarde. El corazón de Daniel latía con la violencia de un tambor, dividido entre el decoro de su caballerosidad y la fascinación por aquella arquitectura del placer.
Marco, sin embargo, no permitió que el silencio ganara la partida. Con una sonrisa cargada de procacidad, rompió la atmósfera con su voz varonil e insolente:
—Vaya... parece que el bosque guarda más secretos de los que imaginábamos. Hermoso gimnasio sexual se han montado aquí, ¿no?—les dijo Marco dejando de lado su a veces escasa caballerosidad.
La pareja se detuvo en seco. Ellen giró el rostro, con las mejillas encendidas por el esfuerzo y el deleite, mientras Andros, sin desvincularse de ella, clavó en los intrusos una mirada de recelo y desafío. En los ojos de la mujer, sin embargo, brilló un destello de diversión, una invitación tácita a observar cómo la naturaleza reclamaba lo que es suyo.
En aquel instante suspendido, el aire pareció espesarse como un velo invisible, cargado de presagios y silencios. Los cuerpos de la pareja, aún palpitantes, se erguían como estatuas vivientes, protagonistas de un rito ancestral en el que la pasión se confundía con la fuerza misma de la tierra. Era como si el tiempo, obediente y reverente, se inclinara ante la escena, concediendo a los cuatro presentes la revelación de un misterio que no admite palabras, sólo miradas y estremecimientos.
Daniel quedó petrificado, atrapado en la contemplación de aquellos monumentos de carne, mientras Marco daba un paso al frente, desafiando la frontera entre el observador y el partícipe. El bosque, cómplice y mudo, pareció contener la respiración ante el inminente choque de deseos.
Continuará...
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