Bohemios - Capítulo 1.

 



Bohemios

Por: Dirk Kelly 


Capítulo 1: Frente al espejo



Lizzette Clairbone se quedó quieta, como si el espejo del vestidor pudiera devolverle algo más que su reflejo. La luz tenue del almacén de lujo en la Quinta Avenida en Nueva York, acariciaba su piel con delicadeza, como si supiera que ella no quería ser vista del todo. Su blusa de gasa color marfil, con bordados florales y mangas acampanadas, caía sobre sus hombros como una promesa de libertad. El pantalón de lino, suelto y de tiro alto, abrazaba su cintura con la ternura que ella no se permitía. Era su estilo boho-chic, sí. Pero también era una armadura.


Se tocó el cuello, donde colgaba un dije de amatista que había comprado en una feria artesanal de Brooklyn. Lo había elegido por intuición, como si esa piedra pudiera protegerla de algo que no sabía nombrar. Tal vez de sí misma.


Diez años atrás, en 2012, había sido esa chica nerd que se escondía detrás de audífonos gigantes y camisetas de bandas indie. La que lloraba viendo películas de Sofia Coppola y escribía reseñas en cuadernos que nadie leía. Ahora, en 2022, recién salidos de la pandemia, sentía que algo se había roto en ella. O tal vez algo se había revelado. La tristeza llegaba sin aviso, como una ola tibia que no ahogaba pero sí mojaba todo.


Sonrió. No por alegría, sino por costumbre. Era buena fingiendo. Lo había sido toda su vida.


---


Dennis Bruno estacionó su bicicleta frente a la tienda, con el cuerpo aún caliente por el pedaleo. Su camiseta de algodón crudo, con estampado tribal, se pegaba a su torso como una segunda piel. El pantalón de mezclilla desgastado, con parches bordados, dejaba ver sus tobillos y parte de sus tatuajes. Tenía el cabello corto, en mid fade, y una barba que parecía dibujada con intención. Era hermoso, sí. Pero él no se lo creía.


Mientras entraba con la bolsa de papel reciclado en la mano, sintió las miradas de dos mujeres que pasaban en la acera. Lo escanearon con la rapidez de quien sabe reconocer la belleza. Él bajó la mirada. No por timidez, sino por miedo a que lo descubrieran: no era tan fuerte como parecía. Ni tan seguro. Ni tan brillante.


Luego la vio. Lizzette. Otra vez. De pie junto al mostrador, con ese aire de mujer que parece salida de una película francesa. Su cabello castaño caía en ondas suaves, como si el viento la peinara incluso dentro del local. Su mirada era triste, pero chispeante. Como una vela que se niega a apagarse.


La tienda olía a cuero nuevo, a perfumes caros y a una tristeza que Lizzette no sabía si era suya o del lugar. Se miró en el espejo cerca del mostrador, con la blusa de gasa marfil que dejaba ver sus clavículas. El pantalón de lino la hacía sentir libre, pero también expuesta. Como dije al inicio, su look boho-chic era su escudo: collares de piedras preciosas o semi preciosas, anillos con símbolos lunares, telas suaves de lino o algodón que parecían abrazarla cuando nadie más lo hacía.


Dejó de verse en el espejo. Suspiró. Pensó en su familia en Arizona. Su madre siempre le decía que se cuidara, que no confiara en extraños. Su padre le preguntaba si comía bien. Su hermano menor le mandaba memes. Cada semana los llamaba, o ellos a ella. Pero había cosas que no decía. Como que a veces lloraba sin razón. Como que a veces se quedaba parada frente al espejo, sintiéndose igual que a los quince: fea, tonta, fracasada.


Dennis entró con la bolsa de papel reciclado. Su look más o menos bohemio tambien era más que estilo: era una declaración. Un “no pertenezco” que se volvía su propia belleza.

Dennis se acercó. Le entregó el almuerzo. Sus dedos se rozaron apenas. Un roce eléctrico, casi imperceptible, pero suficiente para que ambos sintieran que algo estaba pasando. Algo que no sabían cómo nombrar.


Ella lo miró. Él la miró. Y por un segundo, el mundo se detuvo.


Dos bohemios en medio de una ciudad que exige máscaras. Dos cuerpos hermosos que no se creen suficientes. Dos almas que, sin saberlo, estaban empezando a desnudarse.


—Tu pedido, Lizzette —dijo, con voz suave.


Ella lo miró. Lo había visto antes. Siempre era él quien traía el almuerzo cuando lo pedia en esa app, de hecho por eso siempre usaba esa app de delivery. Y una vez más ahí estaba él: siempre con esa sonrisa tímida, esa mirada que parecía querer decir algo pero no se atrevía.


—Gracias, Dennis —respondió, tomando la bolsa. Sus dedos se rozaron. Un segundo. Un temblor.


—¿Puedo preguntarte algo? —dijo él, sin moverse.


—Claro.


—¿Por qué te vistes así? —señaló su blusa, su collar con la amatista, su pantalón de lino.


Ella sonrió, sorprendida.


—Porque me hace sentir... menos sola. Como si cada prenda me recordara que soy más que esta tienda, más que esta ciudad.


Dennis asintió. Bajó la mirada.


—Yo también. Me visto así porque... bueno, porque me recuerda que sobreviví.


Ella lo miró con atención. Él parecía fuerte, pero había algo roto en su voz.


Lizzette entonces hizo una pausa y le indicó a una compañera que ya comenzaba su turno del almuerzo para que la cubriera en el mostrador. Luego se dirigió a la pequeña cocina-comedor al fondo de la elegante tienda.


—Me decías, Dennis... ¿Sobreviviste a qué?


Dennis dudó. Luego habló.


—A un hogar sustituto. Dos, en realidad. El primero fue un infierno. Drogas, golpes, insultos. La policía me sacó de ahí. Tenía catorce. El segundo fue mejor. Dos hombres, exmilitares, gays, del tipo varonil. Me enseñaron a cocinar, a defenderme, a no odiar. Estuve con ellos hasta los dieciocho. Antes de esos hogares mi madre murió cuando tenía 10 años, mi padre se habia ido 7 años antes.


Lizzette se acercó. Le tocó el brazo.


—Lo siento. No sabía...


—No tienes que decir nada. Solo... gracias por escuchar.


Ella lo miró. Sus ojos se llenaron de lágrimas. No por lástima, sino por identificación. Ella también había sentido esa soledad aunque no por hechos tan graves. Y tambien habia sentido esa necesidad de construir una identidad con retazos de belleza.


—¿Quieres venir a mi departamento esta noche? —preguntó, sin rodeos Lizzette.


Dennis la miró, sorprendido.


—¿Estás segura?


—Sí. Quiero hablar contigo. Quiero... compartir contigo.


Dennis se despidió un nuevo pedido de entrega le había llegado al celular 


---


El departamento de Lizzette era pequeño, pero acogedor. Velas encendidas, incienso de sándalo, cojines bordados, una manta tejida sobre el sofá. Dennis se sentó, nervioso. Ella le sirvió té de manzanilla.


—¿Crees en la energía? —preguntó ella.


—Sí. Desde que descubrí el New Age, siento que hay algo más. Algo que nos cuida.


—Yo también. Me ayuda a no sentirme tan indefensa.


Se miraron. El silencio era cálido. Ella se acercó. Le tocó el rostro. Él cerró los ojos.


—Eres hermoso —le susurró ella.


—No me siento así.


—Yo tampoco. Pero tal vez... podemos empezar a creerlo juntos.


Se besaron. Lento. Con ternura. Sus cuerpos se buscaron como si fueran mapas. La ropa bohemia cayó al suelo como hojas en otoño. No había prisa. No había miedo. Solo dos almas que se reconocían.


Esa noche, entre velas y susurros, Lizzette y Dennis descubrieron que el bohemio no es quien se viste distinto. Es quien se atreve a amar sin máscaras convencionales.


Continuará... 




Comentarios

Entradas populares de este blog

Valentine Love - Capítulo 2.

Halloween Love - Capítulo 2

Halloween Love - Capítulo 1.