Bohemios - Capítulo 2.

 


Bohemios

Por: Dirk Kelly 


Capítulo 2: Pedidos recurrentes



Dennis volvió al día siguiente. No por rutina, sino por el deseo y esa sensacion crediente de tal vez amor que sentia por Lizzette... ahora aún más después de la noche anterior. Se ofreció para llevar el pedido de Lizzette, como siempre, pero esta vez, no la pudo ver, tenia otro pedido urgente que entregar y dejo el almuerzo con una compañera de Lizzette con una nota escrita a mano, escondida entre los cubiertos de bambú:


“A veces uno se viste como quiere ser, no como se siente. Tú pareces vestida de libertad.”


Lizzette leyó la nota en silencio, se acordó de la tierna y apasionada noche anterior, mientras estaba sentada en el pequeño comedor del almacén. La dobló con cuidado y la guardó en el bolsillo de su pantalón de lino. No sabía si responder. No sabía si debía. Pero esa noche, al llegar a su departamento, encendió una vela blanca y colocó su amatista sobre el alféizar. Respiró hondo. Algo estaba cambiando.


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Dos dias después. El domingo...


El departamento de Lizzette era un santuario suspendido en el caos de Manhattan. Paredes color ocre, tapices de inspiración marroquí, plantas colgantes que parecían susurrar secretos. Ella caminaba descalza sobre alfombras tejidas, con una bata de lino crudo que dejaba ver sus piernas suaves y su silueta curvada con naturalidad. Su cabello castaño, largo y ondulado, caía como una cortina de terciopelo sobre sus hombros. Tenía el rostro de una actriz indie: pómulos marcados, labios carnosos, ojos grandes y melancólicos, como si siempre estuviera a punto de llorar o de reír.


Dennis llegó con el almuerzo, pero también con una piedra de obsidiana negra.


—Es para protegerte —dijo, cuando ella abrió la puerta.


—¿De qué?


—De todo lo que no puedes nombrar y que te asusta.


Ella lo miró. Su blusa bohemia ondeaba con el viento. Los ojos de ella brillaban con esa mezcla de tristeza y deseo que él ya reconocía.


—¿Quieres subir?


Él asintió. No impulsivamente, sino con certeza.


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Se sentaron en el suelo de la pequeña terraza techada, frente a frente. Ella le ofreció té de manzanilla. Él se quitó los zapatos y se acomodó en un cojín bordado con símbolos solares. Su estilo era el de un poeta callejero con toques de roquero: camiseta de algodón crudo con estampado tribal, pantalón de cuero negro, un tobillo tatuado, cabello corto impecable, barba delineada con intención. Parecía salido de una película de Gus Van Sant diseñada por Tom Ford, pero con la mirada de alguien que había sobrevivido a algo más que la adolescencia.


—¿Siempre vives así? —preguntó él.


—Desde hace unos meses. Me mudé sola. Mis padres y mi hermano están en Arizona. Me llaman cada semana. O yo a ellos. Pero hay cosas que no se dicen por teléfono.


Dennis asintió. Se acomodó como si el espacio lo reconociera.


—Yo no tengo a nadie que me llame tan seguido, los ex-militares que fueron mis padres sustitutos lo hacen cuando pueden, cuando sus empresas se lo permiten. Como te conté cuando aquel día que rompimos el hielo, soy casi huérfano. Y luego los dos hogares sustitutos. El primero fue como te dije... —hizo una pausa— un infierno.  El segundo fue mucho mejor...


Lizzette se acercó. Le tocó la mano.


—¿Y el estilo bohemio..un tanto roquero?


—Es mi refugio. Mi forma de decir que sobreviví. Que no me convertí en lo que me hicieron— dijo Dennis.


Ella lo besó. Lento. Con ternura. Sus labios se encontraron como si ya se conocieran. Sus cuerpos se acercaron, no por urgencia, sino por necesidad. Se desnudaron despacio, como quien se quita el miedo. La ropa boho-chic cayó al suelo como hojas en otoño. No había prisa. No había máscaras.


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Después, aun en la terraza, acostados entre mantas y velas, ya luego del encuentro amoroso... ella le acarició el pecho. Él le besó la clavícula.


—¿Crees que esto es real? —preguntó ella.


—Sí. Porque no lo estamos fingiendo.


Ella sonrió. Por primera vez, sin costumbre, sin fingir alegría. 


Mientras la noche avanzaba, ahora ya dentro del apartamento, hablaron de lo bohemio. No como moda, sino como historia.


—¿Sabías que el término “bohemio” viene del Renacimiento? —dijo Lizzette, mientras encendía otra vela.


—¿No era algo de los hippies?


—No exactamente... Mucho antes. En el siglo XV, se usaba para describir a los gitanos que se creía venían de Bohemia, una región de Europa Central. Pero en realidad, era una etiqueta para los que vivían al margen: artistas, vagabundos, soñadores. En el siglo XIX, los escritores franceses lo adoptaron como identidad. Ser bohemio era vivir por el arte, no por el dinero. Vestirse con lo que se tenía. Amar sin contrato. Errar sin culpa.


Dennis la miró como si ella fuera una enciclopedia viva.


—Entonces somos parte de algo más grande.


—Sí. Aunque ahora lo llamen “boho-chic” y lo vendan en tiendas caras, la esencia sigue ahí. Es resistencia. Es belleza sin permiso.


Él se acercó. Le besó la mano.


—Tú eres bohemia de verdad.


—Y tú también.


Dos bohemios en medio de una ciudad que exige máscaras. Dos cuerpos hermosos que no se creen suficientes. Dos almas que, sin saberlo, estaban empezando a sanar.


Continuará...


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