Bohemios - Capítulo 3.

 


Bohemios

Por: Dirk Kelly 


Capítulo 3: Otro encuentro en la terraza



Después de una semana donde todos los días durante el almuerzo se veían aunque sea un par de minutos al Dennis Bruno llevarle a Lizzette Clairborne su almuerzo por medio de True Delivery, llegó otro domingo de cita y velada en la terraza del apartamento de Lizzette. 


Manhattan recibía el crepúsculo con esa melancolía eléctrica que solo las grandes ciudades conocen: taxis amarillos reflejando neones sobre el asfalto húmedo, ventanas encendiéndose una a una como pequeñas vidas suspendidas en vitrinas, y el eco distante de un saxofón callejero mezclándose con sirenas y conversaciones ajenas. Luego, lentamente, el cielo dejó atrás los tonos anaranjados y comenzó a hundirse en azules profundos y violetas nostálgicos.


Durante aquella semana, Dennis había esperado cada mediodía como un adolescente esperando el timbre final de clases. A veces llegaba con comida tailandesa; otras, con sándwiches artesanales o pequeñas cajas de pasta italiana que Lizzette abría con una sonrisa cansada pero luminosa en el minimalista y elegante comedor-cocina de Rizzo Shields. No importaba si apenas podían hablar cinco minutos antes de continuar Dennis con sus demas entregas. Bastaba verla apoyada en el marco de la puerta de la lujosa tienda, acomodándose el cabello mientras él fingía revisar la aplicación de entregas para ocultar cuánto le alteraba el corazón.


Y ella también lo esperaba.


Aunque jamás lo admitiera en voz alta, los días habían comenzado a dividirse en dos partes para Lizzette: antes y después de que Dennis apareciera con su motocicleta, su mochila térmica y aquella mirada intensa que parecía escuchar incluso lo que ella callaba.


La noche que iniciaba era tibia, con una brisa que parecía escrita para ellos. En la terraza del edificio de Lizzette, las luces de Manhattan titilaban como si dudaran de su propia existencia. Ella había dispuesto en esta ocasión cojines bordados, velas dentro de frascos reciclados y una manta tejida con hilos color tierra, mostaza y vino envejecido. Cerca de la baranda, una vieja tornamesa portátil dejaba escapar canciones francesas antiguas mezcladas con jazz suave y folk indie de los noventa.


El aroma del incienso de vainilla y sándalo flotaba entre las macetas de lavanda y romero que Lizzette cuidaba como pequeños actos de resistencia contra el concreto neoyorquino.


Dennis llegó con una botella de vino tinto bajo el brazo y una libreta gastada donde escribía frases que le venían en sueños o durante las rutas nocturnas de entregas por Brooklyn y Queens. Venía ligeramente despeinado por el viento de la motocicleta, con esa mezcla entre hombre bohemio mezclado con urbano y poeta accidental que a Lizzette ya le parecía delicioso e irresistible.


—¿Esto es muy cliché? —preguntó él, observando la escena con una media sonrisa nerviosa.


—Es bohemio. Y lo bohemio nunca es cliché si es sincero —respondió ella, con una sonrisa que parecía dibujada por Wong Kar-wai.


Lizzette llevaba un vestido largo de seda color mostaza con estampados de hojas secas que se movían con el viento como si estuvieran vivas. Su cabello castaño, suelto y apenas ordenado, le caía sobre los hombros de forma íntima. Los aretes de plata en forma de lunas crecientes brillaban tenuemente bajo las luces cálidas de la terraza. Parecía salida de una película de Andrea Arnold: bella, vulnerable y feroz al mismo tiempo.


Dennis vestía una camisa de lino azul marino abierta hasta el pecho, revelando parte de su atlético torso ligeramente pálido. El pantalón de mezclilla clara, roto en las rodillas y decorado con bordados hechos a mano, contrastaba con el impecable mid fade de su cabello y la barba perfectamente recortada. Había algo en él que parecía debatirse constantemente entre la disciplina y el caos artístico.


Se sentaron en el suelo, frente a frente.


Ella sirvió vino en copas desiguales compradas en una tienda vintage del Village. Él sacó la libreta.


—¿Vas a leerme algo esta vez? —preguntó Lizzette, cruzando las piernas lentamente mientras lo observaba sobre el borde de la copa.


Dennis dudó un momento. Luego abrió una página marcada con una flor seca.


—No te rías.


—Depende de qué tan malo sea.


Él sonrió apenas, tragando saliva antes de leer:


"Hay ciudades donde uno vive… y ciudades donde uno empieza a desear quedarse porque alguien respira dentro de ellas.”


El viento movió las velas.


Lizzette bajó lentamente la mirada hacia el vino, tratando de ocultar la forma en que aquella frase le había atravesado el pecho.


Porque sabía perfectamente que Dennis no estaba hablando solo de Manhattan.


Estaba hablando de ella.


Por unos segundos no hubo ruido de tráfico, ni bocinas, ni vecinos riendo en otras terrazas. Solo el sonido tenue de la aguja rozando el vinilo y las respiraciones de ambos acompasándose lentamente, como si la ciudad completa hubiera decidido apartarse para dejarles espacio.


Entonces Lizzette se inclinó un poco hacia él.


—Tú escribes como alguien que ha estado muy solo mucho tiempo.


Dennis levantó la vista. Sus ojos oscuros parecieron perderse un instante entre las luces lejanas de los edificios.


—Y tú escuchas como alguien que también lo ha estado... —¿Puedo seguir leyéndote más?


—Siempre— dijo ella casi suspirando.


Dennis leyó:


“No sé si soy fuerte, pero sé que sigo aquí. Y eso, a veces, es suficiente.”


Lizzette lo miró con ternura. Le tocó la mano.


La conversación se volvió un susurro. Ella le preguntó por sus sueños. Él habló con pausas largas.


—A veces sueño que vuelvo al primer hogar. Que estoy encerrado. Que nadie me escucha. Pero luego despierto y estoy contigo. Y eso me salva.


Lizzette lo abrazó. Le acarició el cuello. Él le besó la clavícula.


—Yo sueño que soy adolescente otra vez. Que estoy frente al espejo. Que no me reconozco. Pero luego despierto y tú me miras como si fuera suficiente.


Se besaron. Lento. Con hambre. Con miedo. Con amor. Sus cuerpos se buscaron entre cojines y velas. La ciudad los miraba desde abajo, indiferente. Ellos se desnudaban no solo de ropa, sino de inhibiciones y miedo, ahora mucho más seguros que el primer encuentro amoroso una semana antes...


Después, acostados bajo el cielo, ella le habló de París.


—Me ofrecieron irme. Ser parte del equipo creativo de Rizzo Shields en la sede principal en París. Es lo que siempre quise. Pero ahora... no sé.


Dennis se incorporó. La miró.


—¿Y si lo que siempre quisiste ya no es lo que necesitas?


—¿Y si pierdo esto?— dijo ella.


—¿Esto?


—Nosotros. Esta paz. Esta verdad.


Dennis la tomó de la mano.


—Tal vez no se trata de elegir entre Francia y nosotros. Tal vez se trata de elegirte a ti misma.


Ella lo besó. Con ternura. Con certeza. Ya sabía que elegir.


Dos bohemios en medio de una ciudad que exige máscaras. Dos cuerpos hermosos que no se creen suficientes. Dos almas que, sin saberlo, estaban empezando a decidir.


Continuará...



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