Amor Entre Rascacielos - Capítulo 2.
Amor Entre Rascacielos
Por: Dirk Kelly
Capítulo 2 – La flecha de Cupido
La noche en Manhattan se desplegaba como un escenario de cine cuidadosamente iluminado por un director obsesionado con los detalles. Los neones derramaban colores líquidos sobre el asfalto húmedo, transformando las calles en ríos de azul, rojo y violeta. Los murmullos de los transeúntes se mezclaban con el rugido lejano del tráfico y el sonido intermitente de las sirenas, componiendo esa sinfonía urbana que solo Nueva York sabía interpretar.
Los taxis amarillos parecían perseguirse unos a otros como felinos dorados entre las avenidas, mientras las ventanas iluminadas de los rascacielos brillaban como constelaciones artificiales suspendidas en la oscuridad.
Había algo extraño en el aire.
Algo difícil de nombrar.
Como si la ciudad entera estuviera conteniendo la respiración. Esperando que ocurriera algo.
Tras aquel encuentro aparentemente casual en Delos Café, Adolf Ritchmond y Apolineo Morrissette habían seguido ocupando los pensamientos del otro más de lo razonable. Y ni siquiera habían intercambiado numero de teléfonos o redes sociales
Ninguno quería admitirlo. Especialmente Adolf.
Adolf se había sorprendido recordando la sonrisa tranquila del músico mientras revisaba fotografías de una campaña publicitaria. Entre cambios de vestuario, maquillistas y fotógrafos, su mente regresaba una y otra vez a aquella conversación sobre cafés, música y bagels.
Apolineo, por su parte, había intentado concentrarse en una nueva composición para guitarra.
Había fracasado. Las notas se desviaban.
Las melodías parecían buscar otro lugar.
Otro rostro. Otra voz.
Algo en aquel modelo de apariencia impecable se había quedado vibrando dentro de él como una cuerda mal afinada.
Y entonces el destino, que en Manhattan acostumbraba disfrazarse de coincidencia, volvió a intervenir.
Aquella noche ambos terminaron en el mismo lugar.
Una galería de arte en Chelsea. Una invitación profesional había llevado a Adolf hasta allí.
Una amiga pintora había convencido a Apolineo de asistir. Ninguno sabía que el otro estaría presente.
La galería ocupaba un antiguo edificio industrial restaurado. Desde afuera parecía discreta, casi anónima, pero al cruzar sus puertas de cristal el mundo cambiaba.
El espacio era un templo contemporáneo del arte.
Paredes blancas inmaculadas se elevaban hacia techos altísimos sostenidos por vigas metálicas negras. La iluminación estaba cuidadosamente diseñada para que cada obra pareciera flotar en su propia dimensión.
Los cuadros abstractos colgaban como enigmas abiertos. Manchas de color que parecían contener emociones imposibles de traducir. Paisajes fragmentados. Rostros incompletos.
Sombras que sugerían más de lo que mostraban. Cada pieza parecía expresar secretos diferentes dependiendo de quién la observara.
El aroma del vino tinto, la madera encerada y los perfumes caros flotaba suavemente entre los asistentes.
Las conversaciones ocurrían en voz baja.
Como si el edificio mismo exigiera respeto.
Como si algo invisible habitara entre aquellas paredes.
Era un espacio liminal pero con gente. Un territorio suspendido entre la realidad y el sueño. Entre el arte y la obsesión. Entre el deseo y el peligro.
Y en aquel escenario, el romance parecía posible.
Pero también la tragedia.
Adolf entró primero.
La luz de la galería pareció acomodarse a su alrededor.
Vestía una chaqueta negra abierta sobre una camisa blanca cuyos primeros botones permanecían desabrochados, revelando apenas la línea de su cuello y parte de su pecho atlético. Su cabello oscuro conservaba ese aspecto cuidadosamente imperfecto que tantos fotógrafos intentaban capturar. Cada movimiento suyo transmitía confianza.
O al menos la apariencia de confianza. Porque bajo aquella fachada impecable existía una inquietud creciente.
La misma sensación que había experimentado la noche de su primer encuentro con Apolineo al que ni siquiera notó... pero sí sintió.
La sensación de estar acercándose a algo importante. Algo capaz de cambiar el rumbo de una vida.
Mientras avanzaba entre los invitados, varias miradas se posaron sobre él.
Algunas admiraban. Otras deseaban. Unas pocas juzgaban.
Adolf estaba acostumbrado.
Llevaba años viviendo bajo el escrutinio constante de desconocidos.
Sin embargo, aquella noche ninguna de esas miradas parecía importar.
Porque una parte de él buscaba otra.
Una sola.
Aunque ni siquiera quisiera reconocerlo.
Se detuvo frente a una enorme pintura dominada por tonos azules y negros.
La obra representaba dos siluetas humanas acercándose a través de una tormenta de formas abstractas.
Era imposible saber si iban a encontrarse.
O a perderse para siempre.
Adolf observó la pintura durante varios segundos.
Y entonces sintió algo.
Un leve escalofrío.
Como una corriente eléctrica recorriéndole la espalda.
Como si alguien acabara de pronunciar su nombre sin usar palabras.
Lentamente giró la cabeza.
Al otro extremo de la sala, entre luces suaves y sombras elegantes, acababa de entrar Apolineo.
La puerta de cristal se abrió lentamente a sus espaldas y el rumor de la ciudad entró por un instante en la galería antes de volver a quedar atrapado afuera.
Vestía una camisa azul clara cuyos primeros botones permanecían abiertos, revelando apenas la base de su cuello. La tela se movía suavemente con cada paso. Su cabello dorado capturaba la iluminación fría del recinto de una forma casi irreal, como si la luz hubiese decidido quedarse unos segundos más sobre él antes de seguir su camino.
Varias personas giraron la cabeza.
No porque fuera famoso.
Sino porque poseía esa clase de presencia difícil de explicar. Y Algunas personas llaman carisma a ese fenómeno. Otras lo llaman magnetismo. Apolineo lo consideraba simplemente una consecuencia de prestar atención al mundo.
Sin embargo, cuando su mirada encontró a Adolf al otro lado de la sala, algo cambió. La serenidad habitual permaneció en su rostro.
Pero en sus ojos apareció una intensidad nueva. Silenciosa. Hipnótica. Como si el sol mismo hubiera decidido detenerse para contemplar un eclipse. Y durante una fracción de segundo, la galería desapareció.
No existieron los cuadros. No existieron los invitados. No existió Manhattan. Solo aquella distancia entre ambos.
Aquellos metros que parecían demasiado pocos para ignorarse y demasiado largos para cruzarlos con facilidad.
La flecha invisible de Cupido atravesó el aire, una vez más, ahora más intenso que en Delos Café. No con estruendo. Ni con fuegos artificiales. Sino con la puntería de un francotirador emocional.
Apolineo sintió un impulso inmediato. Una atracción tan natural que resultaba inquietante. Como si una parte antigua de sí mismo hubiera reconocido algo.
Como si hubiera esperado aquel encuentro mucho antes de saber que existía Adolf Ritchmond.
Algo dentro de él quería acercarse. Escuchar su voz. Descubrir qué lo hacía sonreír. Averiguar por qué aquellos ojos oscuros parecían esconder tormentas.
Pero Adolf reaccionó de forma distinta. La atracción estaba ahí. Innegable. Tan evidente como la electricidad antes de una tormenta.
Sin embargo, junto al deseo apareció la desconfianza. Su experiencia le había enseñado a desconfiar de las conexiones instantáneas. Especialmente de aquellas que parecían demasiado perfectas.
Las aplicaciones de citas habían dejado cicatrices invisibles. Recordó conversaciones que comenzaron prometiendo ternura y terminaron convertidas en juegos de ego.
Recordó hombres que admiraban su apariencia sin interesarse por sus pensamientos. Hombres fascinados por su cuerpo escultural. Nunca por el contenido.
Hombres que veían al modelo. Jamás al ser humano. A veces tenía la sensación de que muchos observaban su cuerpo como una obra de arte expuesta tras un cristal. Algo hermoso. Algo deseable. Pero nunca algo capaz de sentir miedo. O tristeza. O soledad.
Por eso permaneció inmóvil. Observando. Midiendo. Protegiéndose.
Y así comenzó el juego. El cortejo. Un juego antiguo como el amor. Y a veces peligroso aunque placentero como cualquier obsesión.
Se cruzaban frente a una pintura. Luego desaparecían en salas distintas. Unos minutos después volvían a encontrarse cerca de otra instalación.
Las coincidencias comenzaron a acumularse. Demasiadas para ser casualidad. Demasiadas pocas para ser una estrategia.
En una ocasión, ambos se detuvieron frente a una enorme obra abstracta compuesta únicamente por líneas negras sobre fondo blanco. Permanecieron observándola durante varios segundos.
Finalmente Adolf habló.
—No entiendo nada.
Apolineo sonrió.
—Yo tampoco.
—Entonces ¿por qué la miras como si ocultara el secreto del universo?
—Porque si me quedo suficiente tiempo, quizá el cuadro termine explicándose solo.
Adolf soltó una risa inesperada. Una risa auténtica. De esas que no aparecían en sus campañas publicitarias.
—Eso es ridículo— dijo Adolf.
—El arte suele ser ridículo— dijo Apolineo.
—Y tú también.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo aceptaré igual.
Volvieron a reír. Aunque la tensión seguía allí. Pero ahora convivía con algo más ligero.
Algo dulce.
Algo inusualmente cómodo.
Más tarde, frente a una instalación hecha con luces suspendidas, Apolineo comenzó a improvisar interpretaciones absurdas.
—Claramente esto representa la crisis existencial de una tostadora enamorada.
—Por supuesto —respondió Adolf con total seriedad—. Es evidente.
—La tostadora ama una lámpara.
—Un amor imposible.
—Trágico.
—Devastador.
—Ganador de varios premios.
Las carcajadas de ambos resonaron entre las paredes blancas.Y durante unos segundos olvidaron cualquier defensa.
Cualquier temor.
Cualquier pasado.
Solo existía aquella sensación extraña de estar exactamente donde debían estar.
Cuando la exposición comenzó a vaciarse, ninguno pareció tener deseos de marcharse.
Así terminaron caminando por el High Line.
La antigua vía férrea elevada se extendía sobre Manhattan como un jardín suspendido entre el acero y las estrellas.
Las luces de la ciudad brillaban abajo como ríos de oro líquido.
La vegetación se balanceaba suavemente con el viento nocturno.
Algunos bancos permanecían ocupados por parejas.
Otros por personas solitarias observando la inmensidad urbana.
Adolf caminaba con las manos en los bolsillos.
Apolineo a su lado.
A veces hablaban.
A veces no.
Y los silencios resultaban tan cómodos como las conversaciones.
Y ahora sí ya habían intercambiado, números de celular y redes sociales, hasta correo electrónico y telefonos fijos.
Pero dentro de Adolf continuaba la batalla. Quería acercarse. Y alejarse. Confiar. Y protegerse.
El destino, o Dios, pensaba, tenía un extraño sentido del humor. Siempre parecía ofrecerle exactamente aquello que deseaba cuando ya había dejado de creer en ello.
Apolineo, en cambio, observaba la ciudad con tranquilidad. Para él, aquella noche poseía la textura de las cosas importantes.
No porque hubiera ocurrido algo extraordinario.
Sino porque todo parecía natural. Orgánico.
Sin algoritmos. Ni perfiles optimizados.
Como con True Romance.
Simplemente dos personas encontrándose en el momento adecuado.
Y eso, en una ciudad como Nueva York, era casi un milagro.
Continuaron avanzando.
Desde lejos parecían dos amigos regresando a casa después de una conversación agradable.
Dos figuras más entre miles.
Nada extraordinario.
Pero de cerca era diferente.
Muy diferente.
Las luces de Manhattan iluminaban sus rostros.
Las sonrisas involuntarias.
Las miradas que duraban un segundo más de lo esperado.
La manera en que sus hombros casi se rozaban constantemente.
La forma en que ambos parecían olvidar, por momentos, el resto del mundo.
Y mientras caminaban juntos bajo el cielo nocturno de Nueva York, ninguno sospechó que aquella atracción creciente era observada por alguien más... Una vez más
Por alguien oculto entre las sombras de la ciudad. Igual que aquella mañana en la parada de buses.
Continuará...

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