Amor Entre Rascacielos - Capítulo 3.
Amor Entre Rascacielos
Por: Dirk Kelly
Capítulo 3 – El Jabalí
Nueva York amanecía envuelta en luz proveniente de cristales reflectivos de los rascacielos.
Los rascacielos emergían de la niebla matinal como lanzas antiguas clavadas entre las nubes, orgullosos, verticales, desafiando al cielo con la misma arrogancia con la que los héroes de los viejos mitos desafiaban a los dioses.
Desde la distancia parecían gigantes inmóviles. De cerca, eran otra cosa.
Columnas de acero y luz elevándose unas junto a otras, compitiendo silenciosamente por alcanzar el firmamento.
Algunos arquitectos hablaban de ingeniería.
Los poetas sabían la verdad. Toda ciudad construye con piedra aquello que sus habitantes anhelan. Y Manhattan anhelaba intensidad. Anhelaba conquista. Anhelaba amor.
En algún lugar entre aquellas torres, Adolf Ritchmond despertaba pensando en Apolineo Morrissette.
Y en otro rincón de la isla, Apolineo despertaba pensando en Adolf. Era absurdo. Hermoso.Y ligeramente aterrador. Apenas se conocían. Sin embargo, la imagen del otro había comenzado a infiltrarse en los pequeños espacios vacíos de sus días.
En los silencios. En las canciones. En las pausas entre pensamientos. Como una melodía persistente. Como una luz encendida en una ventana lejana.
Los rascacielos parecían reflejar aquella tensión.
Altos.
Elegantes.
Masculinos.
Dos presencias elevándose una hacia la otra entre el caos de la ciudad. Dos voluntades distintas buscando una misma altura. Adolf era acero pulido. Apolineo era luz dorada. Y Manhattan observaba aquel acercamiento con la paciencia de una criatura antigua.Porque las ciudades conocen los romances antes que sus protagonistas.
Saben reconocer el instante exacto en que dos órbitas comienzan a converger. Saben cuándo una mirada deja de ser casual. Cuándo una conversación se convierte en refugio. Cuándo un corazón empieza a construir un hogar dentro de otro.
Pero toda ciudad alberga depredadores. A veces vestidos de monstruos. A veces vestidos de perfección. A veces con millones de seguidores. O con una sonrisa impecable. Zeus "el Jabalí" Spencer observaba Manhattan desde el ventanal de su ático.
Las primeras luces del día recorrían los músculos cuidadosamente esculpidos de su cuerpo como si fueran las líneas de una estatua moderna.
Las redes sociales lo adoraban.
Las marcas lo perseguían.
Los gimnasios utilizaban su imagen para vender disciplina, éxito y belleza. Leo su representante de la agencia donde Arnold Vega tambien era cliente, sabia de sus enormes virtudes asi como debilidades...
Millones de personas consumían cada palabra que Zeus Spencer publicaba. Cada fotografía. Cada rutina. Cada consejo. Era una celebridad nacida de los algoritmos. Un dios musculoso y sumamente guapo construido por pantallas.
Y, sin embargo, en aquel momento no parecía un dios. Parecía un hombre incapaz de aceptar una pérdida. Sobre la mesa reposaba una fotografía antigua. En ella aparecía Adolf. Sonriendo. Más joven. Más confiado...
Más suyo.
Los dedos de Zeus recorrieron lentamente el borde de la imagen. Sus ojos claros se endurecieron. Porque Adolf Ritchmond había cometido el único error que Zeus jamás perdonaba. Había seguido adelante.
Y peor aún. Había comenzado a hacerlo sin él. Zeus se acercó al cristal. Abajo, Manhattan desplegaba su inmenso bosque de torres. Aquellos edificios fálicos de acero parecían observarlo.
Juzgarlo. Desafiarlo.
Como antiguos pilares de un templo donde él ya no era bienvenido. Entonces sonrió. Una sonrisa perfecta. Vacía. Peligrosa.
La misma sonrisa que había enamorado a miles de personas. La misma que ocultaba algo mucho más oscuro. Porque durante semanas había estado observando. Siguiendo pistas. Uniendo fragmentos.
El encuentro en Delos Café.
La galería de Chelsea.
El paseo por el High Line.
No eran coincidencias para él.
Eran amenazas. Y las amenazas debían ser eliminadas. En alguna parte de la ciudad, Adolf y Apolineo seguían ignorando que alguien observaba los pasos de aquel romance naciente. Ignoraban que una sombra caminaba paralela a ellos. Ignoraban que el pasado había despertado. Y que el Jabalí ya había comenzado la cacería.
Sin embargo, algo absurdo era que Adolf y Apolineo ya no podían engañar a nadie. Ni siquiera a sí mismos. Durante semanas intentaron convencerse de que aquello era simple amistad. Una coincidencia agradable. Una conversación afortunada en una ciudad donde millones de personas se cruzaban sin volver a encontrarse jamás. Pero Manhattan parecía empeñada en burlarse de ellos.
Y sus amigos también.
En fiestas celebradas en lofts industriales de SoHo, en inauguraciones de galerías, en bares escondidos detrás de librerías y en cenas improvisadas sobre terrazas iluminadas por guirnaldas de luces cálidas, el tema terminaba apareciendo inevitablemente.
—¿Van a besarse de una vez o necesitan una autorización municipal? —preguntó una fotógrafa amiga de Adolf durante una fiesta en Tribeca.
—No sé de qué hablas —respondió Adolf.
—Claro que lo sabes.
—No.
—Entonces explícame por qué llevas diez minutos mirando hacia donde está Apolineo.
Adolf giró inmediatamente la cabeza.
Justo para descubrir que Apolineo lo estaba observando también.
Ambos apartaron la mirada al mismo tiempo.
Y toda la mesa estalló en carcajadas.
Aquello comenzaba a parecer una comedia romántica perdida de los años noventa. Una de esas películas donde todo el mundo comprende la situación excepto los protagonistas. Apolíneo tampoco escapaba a las burlas.
—¿Sabes que sonríes distinto cuando él aparece? —le comentó una violinista amiga suya en Delos Café después de un ensayo.
—Eso es ridículo.
—No tanto como escribir tres composiciones nuevas en dos semanas.
—La inspiración llega.
—Sí. Tu inspiración mide un metro noventa y trabaja como modelo.
Apolineo casi se atragantó con el café.
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Mientras tanto, los dias de ese marzo de 2024 transcurrían y Zeus Spencer observaba. Siempre observaba. La obsesión había comenzado a deformar lentamente su imagen pública. Aunque sus millones de seguidores seguían viendo al influencer perfecto, quienes lo conocían en persona empezaban a notar grietas.
Pequeñas grietas. Peligrosas grietas. Por eso sus intentos de recuperar a Adolf se volvieron progresivamente más extravagantes. Y más ridículos.
Una tarde, Adolf y Apolineo discutían tranquilamente sobre cine dentro de un taxi cuando otro vehículo apareció repentinamente junto a ellos.
La ventana descendió.
Y allí estaba Zeus.
Con gafas oscuras.
Sonrisa perfecta.
Y una cámara transmitiendo en vivo.
—¡Recuerden mantenerse disciplinados emocionalmente, familia! —gritó hacia el teléfono—. Porque el amor verdadero requiere abdominales.
El conductor del taxi observó la escena.
Luego observó a Adolf.
Después a Apolíneo.
Y finalmente negó con la cabeza.
—¿Ese tipo los está persiguiendo?
—Sí, asi parece...es mi ex...—respondió Adolf — Y lo esta haciendo más de lo que debería.
—Nueva York se está poniendo rara —dijo el taxista.
Otra tarde organizaron un paseo por Central Park.
La luz dorada del atardecer atravesaba los árboles y el lago parecía una pintura impresionista. Era un momento perfecto. Hasta que Zeus apareció encabezando una clase masiva de entrenamiento físico. Con altavoces. Micrófono.
Y una camiseta donde podía leerse:
"EL VERDADERO AMOR NUNCA SE SALTA EL DÍA DE PIERNAS."
Apolíneo tuvo que sentarse en una banca porque no podía dejar de reír.
Incluso Adolf terminó riéndose.
Y aquello enfureció todavía más a Zeus.
Porque la risa era algo que no podía controlar. El problema para Zeus era que Manhattan parecía haberse aliado con ellos. Cada plan destinado a separarlos terminaba acercándolos más. Cada interrupción se transformaba en una anécdota compartida. Cada persecución absurda se convertía en otro recuerdo.
Comenzaron a recorrer la ciudad juntos.
Chelsea.
Greenwich Village.
Dumbo.
El High Line otra vez.
Pequeñas cafeterías escondidas.
Librerías donde permanecían horas hojeando libros que jamás compraban. A veces caminaban tan cerca que sus hombros se rozaban. Otras veces discutían por tonterías. O sobre música. O sobre arquitectura.
Sobre cuál era el mejor lugar para observar Manhattan de noche. Y siempre terminaban riendo. Aquella cercanía comenzó a adquirir una intimidad nueva. No era únicamente atracción. Era confianza.
Era comodidad.
Era el extraño alivio de encontrar a alguien con quien el silencio también resultaba agradable.
Una noche, mientras cruzaban Times Square, la ciudad parecía haber decidido exagerarse a sí misma.
Pantallas gigantes.
Anuncios luminosos.
Colores increibles.
Miles de personas moviéndose como corrientes humanas entre océanos de luz. Todo brillaba. Todo gritaba. Todo parecía demasiado.
Y sin embargo, para Adolf, lo único verdaderamente visible era Apolineo. La luz de las pantallas se reflejaba sobre su cabello dorado. Sus ojos parecían contener una calma imposible en medio de aquel caos. Y por primera vez Adolf dejó de huir. Porque comprendió algo.
No estaba frente a otro hombre interesado únicamente en su apariencia. No estaba frente a otra decepción. Ni frente a otro algoritmo disfrazado de persona. Estaba frente a alguien que realmente lo veía. Y eso resultaba más aterrador que cualquier otra cosa.
Apolineo también pareció comprenderlo. Las palabras sobraban. La ciudad desapareció. Los anuncios desaparecieron. El ruido desapareció. Solo quedaron ellos. Y entonces se acercaron.
Lentamente. Naturalmente. Como dos trayectorias destinadas a encontrarse desde el principio. Mientras a unos metros de distancia Zeus intentaba grabar otra transmisión motivacional.
El influencer aparecía sudoroso después de una sesión de ejercicios, vestido con ropa deportiva ajustada y exhibiendo la misma imagen impecable de siempre.
Pero algo había cambiado. La sonrisa parecía forzada. Los ojos demasiado tensos. La energía demasiado intensa.
—Recuerden, campeones... —decía a la cámara— mantener el enfoque... mantener la disciplina... mantener...
Su discurso se interrumpió.
Porque detrás de él, bajo las luces de Broadway, Adolf y Apolineo acababan de encontrarse en un abrazo espontáneo, besandose apasionadamente en la boca y luego riendo por alguna broma privada que nadie más entendía.
No era una victoria espectacular para la pareja de hombres. No era una derrota épica para el ex. Era algo mucho más poderoso. La ternura. La complicidad. La alegría.
Y Zeus pareció y se sintió pequeño. Ridículamente pequeño.
En los dias posteriores, algunos seguidores comenzaron a notar detalles extraños en sus transmisiones. Su insistencia obsesiva con ciertos temas. Su incapacidad para dejar atrás el pasado. La forma en que hablaba constantemente de Adolf Rotchmond. Los comentarios empezaron a multiplicarse.
Preguntas.
Dudas.
Memes.
Incluso los haters comenzaron a mostrarse intrigados.
Porque detrás de la perfección del influencer empezaba a asomarse algo inquietante. Algo que no encajaba.Algo que parecía observar desde la oscuridad. Y mientras las luces de Manhattan continuaban brillando sobre el inmenso bosque de rascacielos, Zeus Spencer comprendió una verdad insoportable:
La batalla ya no era contra Apolineo.
La batalla era contra algo que jamás había entendido.
El amor genuino.
Y esa era una guerra que no podía ganar con músculos, seguidores o transmisiones en vivo.
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El lunes siguiente... La lluvia había comenzado a caer sobre Manhattan. No era una tormenta. Era una de esas lluvias suaves de verano, raras y previas a la primavera, que parecían diseñadas para volver más melancólicas las luces de la ciudad. Adolf regresó al edificio donde vivía cerca de la medianoche. Llevaba las manos en los bolsillos y una expresión extrañamente tranquila. La conversación con Apolineo del dia anterior todavía flotaba en su cabeza como una canción difícil de olvidar.
Entró al vestíbulo.
Saludó distraídamente al portero.
Y entonces lo vio.
Zeus.
Apoyado contra el buzón comunitario.
Como si hubiera estado esperando durante horas.
Como si perteneciera allí.
Los lentes oscuros habían desaparecido. Vestía un abrigo negro perfectamente ajustado y una camisa gris que resaltaba su físico atlético. Su sonrisa apareció lentamente cuando sus ojos encontraron los de Adolf.
Una sonrisa demasiado cómoda.
Demasiado familiar.
Demasiado fuera de lugar.
Adolf se detuvo.
El ascensor emitió un sonido metálico detrás de ellos.
Nadie más parecía prestar atención.
—¿Ahora qué haces aquí? —preguntó Adolf.
—Vivo aquí.
—No.
—Sí.
Zeus señaló los ascensores.
—Casi en el mismo piso. Un piso mas arriba... Misma vista. Casi los mismos metros cuadrados— sonrió complacido.
Durante unos segundos Adolf creyó que se trataba de una broma. Después comprendió que no.
Y aquello resultó mucho más inquietante.
—Desde la otra vez en el taxi lo sospechaba.
Zeus arqueó una ceja.
—¿Qué sospechabas?
—Que me estabas siguiendo.
La sonrisa del influencer se amplió.
—Bueno...
—No es normal, Zeus.
—Nunca dije que fuera normal.
—Es acoso.
—Quizá.
La respuesta llegó con una naturalidad escalofriante.
Como si estuvieran discutiendo el clima.
Como si la palabra acoso no significara nada.
El ascensor llegó.
Ninguno se movió.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Adolf.
—¿Siguiéndote?
—Sí.
—Días.... Semanas.
Adolf permaneció inmóvil.
Zeus continuó hablando.
—A veces más cerca. A veces más lejos.
—Eso no tiene gracia.
—No pretendía ser gracioso.
—También has estado siguiendo a Apolíneo.
Aquello no era una pregunta.
Era una acusación.
Por primera vez Zeus apartó la mirada.
Solo un instante.
Lo suficiente.
—Cuando está contigo— dijo Zeus.
—Dios mío...
—Necesitaba conocerlo.
—¿Conocerlo?
—Saber quién era.
El silencio se volvió pesado.
La lluvia golpeaba los ventanales del vestíbulo.
Al otro lado del cristal, Manhattan brillaba como un océano de luces.
—No estás enamorado de mí —dijo finalmente Adolf.
Aquello pareció sorprender a Zeus.
—¿Qué?
—Lo confundiste. No sabes lo que siento.
—Sí lo sé.
La voz de Adolf permaneció tranquila.
Eso era lo que volvía la situación más incómoda.
No había miedo.
No había enojo.
Solo una tristeza serena.
—Tú no me extrañas. Extrañas la versión de mí que podías controlar.
Los ojos de Zeus se endurecieron.
—No te controlaba.
—Sí lo hacías.
—Eso no es verdad.
—Entonces dime una sola cosa que amabas de mí que no tuviera que ver contigo.
Zeus abrió la boca.
Y se quedó en silencio.
Adolf continuó.
—¿Mi sentido del humor?
Nada.
—¿Mis sueños?
Nada.
—¿Mis miedos?
Nada.
—¿Las cosas que me hacían feliz?
Nada.
La expresión de Zeus comenzó a quebrarse.
Muy poco.
Pero lo suficiente.
—Tú no me amabas— siguió diciendo Adolf — Amabas sentir que yo te pertenecía.
Aquella frase cayó entre ambos como una piedra en agua quieta.
Y por primera vez en toda la conversación Zeus no encontró una respuesta.
No porque no quisiera.
Porque no podía.
Adolf lo vio en sus ojos.
La ausencia de argumentos.
La ausencia de verdad.
El silencio.
Y supo que había ganado. No una pelea. No una discusión. Algo más importante. Había recuperado una parte de sí mismo.
Entonces las puertas del ascensor se abrieron.
—Buenas noches, Zeus.
Y salió.
Las puertas se cerraron lentamente.
El influencer de fitness permaneció inmóvil. Pero también pensó en su colega Arnold Vega... Tal vez él podría aconsejarle... Pensó en esto observando su propio reflejo en el cristal del vestíbulo.
Solo.
Por primera vez realmente solo.
---
Minutos después.
Zeus abrió la puerta de su apartamento.
El lugar permanecía en penumbra.
Silencioso.
Vacío.
La decoración era mínima.
Demasiado mínima.
Como una habitación utilizada para un único propósito.
Cerró la puerta.
Se quitó el abrigo.
Caminó lentamente hacia la sala principal.
Y se detuvo.
La pared completa frente a él estaba cubierta de fotografías. Cientos. Adolf caminando por Manhattan.
Adolf entrando a cafeterías. Adolf leyendo en parques. Adolf riendo. Adolf pensativo. Adolf mirando por ventanas. Algunas fotografías eran antiguas. Otras muy recientes. Y entre ellas comenzaban a aparecer nuevas imágenes... Adolf junto a Apolineo.
En Chelsea. En el High Line. En Central Park. En Times Square. Sonriendo. Acercándose. Construyendo algo.
Zeus observó la pared durante largos segundos. Su expresión había desaparecido.
No había sonrisa.
No había carisma.
No había influencer.
Solo una mirada inmóvil.
Oscura.
Inquietante.
Fuera, Manhattan continuaba brillando bajo la lluvia.
Dentro del apartamento, la fotografía más reciente mostraba a Adolf y Apolíneo caminando hombro con hombro bajo las luces de Broadway.
Zeus la contempló.
Y por primera vez sintió algo peor que los celos.
Miedo.
Porque Adolf tenía razón.
Y aquella verdad era mucho más difícil de soportar que cualquier rechazo.
La ciudad siguió respirando detrás de los ventanales.
Como un inmenso animal nocturno.
Observando. Esperando. Mientras algo comenzaba a romperse lentamente dentro de Zeus el Jabalí.
Continuará...
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