Amor Entre Rascacielos - Capítulo 4.


Amor Entre Rascacielos 

Por: Dirk Kelly 


Capítulo 4 – Renacer en Primavera



La primavera 2022 había llegado a Manhattan.


Los árboles comenzaban a vestirse nuevamente de verde. Los pequeños jardines urbanos florecían entre el acero y el concreto. Incluso los rascacielos parecían menos severos bajo la luz dorada de las mañanas más largas.


La ciudad continuaba siendo un laberinto.


Pero ya no parecía hostil.


Parecía enamorada.


Aquella mañana, Adolf y Apolineo caminaban por la Quinta Avenida compartiendo un café y una conversación ligera sobre música, arquitectura y los nombres ridículos que algunas cafeterías ponían a sus bebidas.


Frente a ellos se elevaba el edificio de Rizzo Shields.


Sus escaparates brillaban bajo el sol primaveral como si guardaran secretos detrás de cada reflejo.


—¿Seguro que aquí venden ropa y no solo sueños caros? —preguntó Apolíneo observando una de las vitrinas.


—Las dos cosas —respondió Adolf—. Y a veces venden inseguridades a precio altos.


Apolíneo soltó una carcajada.


Iban a entrar cuando notaron algo extraño.


La tienda estaba abierta.


Pero no había clientes.


Varias empleadas observaban hacia el interior con sonrisas emocionadas.


Y, en el centro del elegante salón principal, ocurría algo.


—¿Qué pasa ahí? —preguntó Apolineo.


—Ni idea.


Ambos permanecieron observando desde el exterior.


A través de los enormes ventanales vieron a una mujer de cabello castaño sosteniendo una carta. Frente a ella se encontraba una ejecutiva elegante de porte francés y expresión serena.


Y entonces entró por la puerta de entrada, frente a ellos un hombre joven cargando una bolsa de papel reciclado, que apenas los vio de soslayo y los saludo rápidamente.


—Parece una película romántica —murmuró Apolíneo.


—O una intervención emocional.


Permanecieron observando.


Las expresiones. Las lágrimas. Las sonrisas. Las miradas.


La forma en que aquel hombre parecía dispuesto a acompañar a la mujer hacia cualquier lugar del mundo. Incluso desde afuera podían percibir la intensidad de aquel momento.


El amor tiene algo curioso.


Cuando es auténtico puede reconocerse a distancia. Como una canción familiar. Como una luz encendida.


Cuando finalmente la pareja se besó y toda la tienda comenzó a aplaudir, Apolíneo sintió un nudo inesperado en la garganta.


Adolf también.


Ninguno lo admitió.


Pero ambos estaban pensando exactamente lo mismo:


"Quiero algo así."


Entonces la puerta de entrada se abrió otra vez.


El hombre de la bolsa, que parecía repartidor de delivery salió al exterior con una sonrisa divertida.


—Ya pueden entrar —dijo.


Adolf y Apolíneo se miraron confundidos.


—¿Perdón?


—Los vi viendo por la ventana desde hace cinco minutos que entré...


Apolineo se sonrojó.


—No queríamos interrumpir.


—No era un evento privado —respondió el hombre—. Bueno... técnicamente sí. Pero solo éramos yo y el amor de mi vida poniéndonos de acuerdo sobre cómo complicarnos la existencia en otro continente.


Adolf soltó una risa.


—Eso suena bastante específico.


—Porque lo es.


El desconocido extendió la mano. Presentandose.


—Dennis Bruno.


—Adolf Ritchmond.


—Apolíneo Morrissette.


Dennis los observó brevemente.


Después sonrió de una forma extrañamente cómplice.


Como si hubiera notado algo.


Como si reconociera aquella energía.


—Bueno —dijo—. Les deseo suerte.


—¿Suerte para qué? —preguntó Adolf.


Dennis señaló alternativamente a uno y a otro.


—Para eso.


Luego se alejó calle abajo antes de que cualquiera de los dos hombres pudiera responder.


Apolíneo observó cómo desaparecía entre la multitud.


—¿Qué quiso decir?


—Ni idea...


Pero ambos lo sabían perfectamente.


Y eso volvió la situación mucho más incómoda.


Y mucho más hermosa.


Sin embargo, horas despues, a varias calles de distancia, alguien observaba una fotografía tomada aquella misma mañana.


Zeus Spencer estaba sentado en su apartamento.


La imagen mostraba a Adolf y Apolineo frente a Rizzo Shields.


Sonriendo.


Demasiado cerca.


Demasiado felices.


Demasiado juntos.


El influencer apoyó lentamente la fotografía sobre la mesa.


Después tomó su teléfono.


Una sonrisa apareció en sus labios.


No era una sonrisa de alegría.


Era una sonrisa de estrategia.


Porque si no podía separar a Adolf de Apolineo mediante la presencia...


Lo haría mediante la duda.


Y la duda era un veneno mucho más eficaz.


Minutos después creó un perfil anónimo.


Un nombre falso.


Fotografías falsas.


Una historia falsa.


Y escribió un mensaje destinado a llegar exactamente a la persona correcta.


Apolineo Morrissette.


El mensaje era breve.


Inofensivo.


Pero cuidadosamente diseñado.


Una única frase acompañada por una fotografía antigua de Adolf junto a Zeus.


Abrazados.


Sonriendo.


Pareciendo profundamente enamorados.


La frase decía:


"Ten cuidado. Hay personas que nunca terminan realmente sus historias."


Y mientras pulsaba "enviar", Zeus volvió a sonreír.


Afuera, Manhattan florecía bajo el sol primaveral.


Pero algunas semillas no daban flores.


Algunas daban espinas.


Y el Jabalí acababa de plantar la primera.


Continuará...

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