Amor Entre Rascacielos - Capítulo 5.

 


Amor Entre Rascacielos 

Por: Dirk Kelly 


Capítulo 5 – La fiesta de primavera 


Apolineo encontró el mensaje aquella misma tarde.


Simplemente apareció entre las notificaciones de su teléfono mientras caminaba por Washington Square Park.


Un perfil de Instagram siguiendolo y con mensaje enviado, un perfil sin fotografía.


Sin publicaciones.


Sin historia.


Solo una imagen adjunta al DM.


La fotografía mostraba a Adolf y a Zeus varios años atrás.


Reían abrazados sobre una playa.


La complicidad entre ambos parecía auténtica.


Debajo, una única frase.


"Hay personas que nunca terminan realmente sus historias."


Nada más. No había amenazas. No había insultos. Solo aquella frase. Precisamente por eso resultaba tan inquietante.


Apolineo permaneció largo rato observando la fotografía.


No sintió celos.


Sintió incertidumbre.


Porque comprendía que todos tenían un pasado.


Pero también sabía que los pasados, cuando alguien insistía en convertirlos en presente, podían convertirse en armas.


Durante el resto de la semana intentó comportarse con normalidad.


Sin embargo, Adolf comenzó a notar pequeños cambios cuando salían o se visitaban mutuamente en sus apartamentos.


Silencios demasiado largos. Miradas distraídas. Preguntas formuladas a medias.


Algo se había movido entre ellos. Comenzaba una distancia y una sombra. Y Adolf ya conocía demasiado bien las sombras que Zeus dejaba a su paso.


Aquella noche de viernes se citaron en un pequeño restaurante italiano del Village.


Las velas proyectaban una luz cálida sobre las mesas de madera.


Un violinista interpretaba viejas melodías napolitanas junto a la ventana.


Cuando llegó el café, Adolf dejó la taza sobre el platillo y habló antes de que el silencio creciera.


—¿Qué pasó?


Apolineo bajó la mirada.


—Nada.


Adolf sonrió con dulzura.


—Tocas mejor que mientes.


Aquella frase bastó.


Apolineo sacó lentamente el teléfono y lo deslizó con la fotografía en el DM de Instagram hasta él.


Adolf la observó apenas unos segundos. Después dejó escapar un suspiro cansado. 


No sorprendido. Cansado.


—Fue Zeus.


—Lo imaginé.


—Quiere que dudes.


Apolineo levantó la vista.


—No dudo de que existió.


Dudo de otra cosa.


—¿De qué?


—De si todavía tiene algún lugar dentro de ti.


Adolf permaneció unos segundos en silencio. No porque buscara una respuesta. Sino porque quería encontrar la respuesta correcta.


—Cuando terminé con Zeus —dijo finalmente—, no perdí un novio.


Perdí la confianza en mí. Pensé durante mucho tiempo que el amor consistía en soportar el control, los celos y la culpa. Creía que eso era normal.


Apolineo escuchaba sin interrumpir.


—Después apareciste tú. Y por primera vez alguien me preguntó qué música me gustaba antes de preguntarme a qué gimnasio iba.


Sonrió levemente.


—Eso me pareció maravilloso.


Apolíneo soltó una risa breve.


—No eres mi revancha contra Zeus. Ni mi refugio. Ni un reemplazo. Eres el primer hombre con el que siento que puedo empezar una historia nueva— prosiguió AdolfNo continuar una vieja que empezó bien... terminó mal y duró mucho por costumbre y una malsana necesidad de amor.


Los ojos de Apolineo comenzaron a humedecerse. Tomó lentamente la mano de Adolf sobre la mesa.


—Gracias por decírmelo.


—Gracias por preguntarlo. Porque el silencio habría sido exactamente lo que Zeus quería.


Ambos permanecieron un instante tomados de la mano.


Fuera del restaurante, Manhattan seguía rugiendo.


Pero dentro de aquella pequeña mesa para dos acababa de suceder algo más importante. Habían elegido la conversación antes que la sospecha. Y eso era otra forma de enamorarse.


Los días siguientes parecieron tranquilos.


Demasiado tranquilos.


Zeus comprendió que la fotografía no había conseguido separarlos. Entonces recurrió a insinuaciones. Mensajes ambiguos ahora por sus redes sociales reales.


Encuentros "casuales".


Historias publicadas en sus redes sociales cuidadosamente editadas para sugerir cercanía con Adolf.


No buscaba demostrar nada. Buscaba desgastar. Y durante unos días lo consiguió. A pesar de la charla aclaratoria entre Adolf y Apolineo semanas antes en aquel restaurante italiano.


La presión constante terminó provocando discusiones pequeñas. 


Malentendidos. Cansancio. No dejaron de quererse ni frecuentarse. Pero dejaron de escucharse por momentos. Hasta que una tarde, agotados por aquella guerra invisible de Zeus, decidieron darse espacio.


No fue una ruptura llena de gritos. Fue mucho más triste. Fue una despedida hecha de silencios.


Zeus creyó haber ganado. No comprendió que algunas semillas necesitan separarse de la tierra para descubrir la fuerza de sus raíces.


Llegó entonces la noche de la Fiesta del Renacer de Primavera.


Nueva York y especialmente Manhattan,  celebraba por primera vez ese año 2022 una tradición inspirada libremente en las antiguas celebraciones de las Adonias griegas, convertida ahora en un festival ciudadano avalado por el gobierno municipal donde la belleza, el arte y la esperanza post pandemia ocupaban las calles.


Los parques estaban cubiertos de flores.


Las fachadas proyectaban jardines luminosos. Bailarines, mujeres y hombres, recorrían las avenidas vestidos con túnicas contemporáneas inspiradas en la Antigüedad griega clásica.


Las terrazas se llenaban de música. Los balcones de pétalos. Y los rascacielos, iluminados en tonos verdes, dorados y rosados, parecían inmensos árboles de acero floreciendo sobre Manhattan.


La ciudad entera respiraba primavera.


Adolf caminaba entre la multitud con el corazón extrañamente vacío. Nunca había imaginado que extrañar a alguien pudiera sentirse tan físico.Como si una parte del cuerpo caminara algunos metros más atrás. 


Apolíneo recorría otra avenida. Escuchaba un cuarteto de cuerdas interpretar una pieza antigua mientras pétalos blancos descendían desde una instalación artística suspendida entre edificios.


Pensaba exactamente en la misma persona en la que seguía pensando cada hora desde que había dejado de verlo: Adolf Ritchmond.


El destino volvió a demostrar su peculiar sentido del humor. Se encontraron frente a una plaza decorada con miles de flores.


Ninguno habló primero. Las palabras parecían demasiado pequeñas. Las miradas hicieron el trabajo.


En ellas ya no quedaba orgullo. Ni miedo. Solo el cansancio de dos hombres que habían descubierto que perder al otro dolía mucho más que cualquier discusión.


Los pétalos comenzaron a caer sobre ellos como una lluvia lenta. La música envolvía la plaza.


Los rascacielos brillaban alrededor como inmensos guardianes de cristal y acero.


Apolineo dio el primer paso. Adolf el segundo. Y la distancia desapareció.


No hubo urgencia ni dramatismo. Solo un abrazo largo. De esos que reparan y que devuelven el aire a los pulmones.


Adolf comprendió entonces que no estaba condenado a repetir las relaciones que lo habían herido. Su fortaleza no consistía en endurecerse. Consistía en elegir a alguien que lo hiciera sentir seguro sin dejar de admirar su independencia y su fama.


Apolineo también comprendió algo. Que el amor nacido de una conversación, de una coincidencia y de la voluntad de escucharse podía sobrevivir incluso en una ciudad gobernada por algoritmos, pantallas y apariencias. Porque había algo que ninguna aplicación, ni siquiera True Romance, podía programar: La confianza.


A lo lejos, oculto entre la multitud, Zeus observaba la escena con binoculares... Por primera vez no sintió rabia. Sintió el inmenso vacío que deja descubrir demasiado tarde que el amor nunca puede construirse desde la posesión.


Mientras la primavera seguía floreciendo sobre Manhattan, Adolf y Apolineo permanecieron abrazados bajo la lluvia de pétalos.


Y la ciudad, que tantas veces esos días  había sido escenario de dudas y sombras, pareció decirles una verdad:


...Hay amores que nacen en paz y armonía pero solo descubren quiénes son cuando llega la guerra que hacen contra ellos.


Continuará...



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