Amor Entre Rascacielos - Capítulo 6.

 



Amor Entre Rascacielos 

Por: Dirk Kelly 


Capítulo 6 – El sabor de una segunda oportunidad


Manhattan se convirtió en escenario de reconciliación, y bajo aquella lluvia interminable de pétalos blancos, rosados y dorados, parecía que incluso los rascacielos respiraban con más calma.


Las fachadas de cristal reflejaban miles de flores suspendidas en el aire. Desde las azoteas descendían guirnaldas vegetales, mientras músicos callejeros interpretaban versiones de viejos estándares de jazz mezclados con melodías mediterráneas que recordaban las antiguas fiestas dedicadas a Adonis.


La ciudad celebraba el regreso de la luz.


Y, entre toda aquella belleza cuidadosamente organizada, Adolf y Apolineo permanecían abrazados y beandose apasionadamente en la boca


Pero no era un beso cinematográfico por su intensidad. Lo era por su verdad.  Y es después de tantos silencios, de las dudas sembradas por alguien que confundía el amor con la posesión, aquel beso tenía el sabor de una conversación pendiente que por fin encontraba su último punto.


Los pétalos seguían cayendo lentamente sobre sus hombros.


Adolf sonrió antes incluso de separarse.


Apolíneo apoyó la frente contra la suya.


—¿Sabes una cosa? —susurró Apolíneo.


—¿Cuál?


—Creo que eres el único hombre capaz de discutir conmigo durante varios días sobre arquitectura, luego pelearnos por tu ex novio maniático... y terminar reconciliándome con un beso al inicio de un festival de primavera.


Adolf soltó una carcajada.


—Y yo sigo convencido de que el Chrysler Building tiene más personalidad que el Empire State.


—Eso demuestra que todavía necesitas terapia.


—O mejores argumentos.


Ambos volvieron a reír.


Aquella risa era más importante que cualquier declaración de amor.


Porque las parejas felices no solo saben besarse.


También saben volver a reír juntas.


---


A casi cien metros de distancia, oculto entre la multitud, Zeus Spencer bajó lentamente los binoculares.


Durante varios minutos había observado cada segundo.


Cada gesto.


Cada sonrisa.


Cada roce.


Con la absurda esperanza de descubrir una grieta.


Pero no había encontrado ninguna.


Solo había visto dos personas eligiéndose otra vez.


El peso de los binoculares pareció duplicarse en sus manos.


Los pétalos también caían sobre él.


La primavera no distinguía entre vencedores y derrotados.


Cubría por igual a quienes celebraban y a quienes aprendían a perder.


Zeus levantó la vista.


Durante un instante sintió que toda Manhattan continuaba moviéndose mientras él permanecía completamente inmóvil.


Había pasado meses creyendo que podía recuperar el pasado.


Y acababa de comprender que el pasado jamás regresa.


Solo permanece. Como una fotografía. Como un perfume olvidado. O como una cicatriz.


Suspiró.


Por primera vez en mucho tiempo no sintió rabia.


Solo un cansancio y una tristeza inmensos.


—¿Zeus Spencer?— dijo una mujer.


La voz era suave.


Casi musical.


Él giró lentamente.


Frente a él había una joven esbelta de unos treinta años que sostenía un elegante recipiente transparente cuidadosamente asegurado con un lazo color marfil.


Vestía un amplio suéter tejido color crema, unos jeans azul oscuro y zapatillas blancas impecables. Llevaba el cabello castaño recogido en una coleta ligeramente desordenada, grandes gafas de pasta negra que enmarcaban unos ojos vivaces y una expresión luminosa que parecía contagiar optimismo incluso antes de pronunciar una palabra.


En sus manos descansaba una caja donde pequeñas tartaletas de frutas, éclairs de chocolate, macarons de naranja y diminutos pasteles brillaban como pequeñas obras de arte.


Todo desprendía un delicado aroma a mantequilla, vainilla y almendras recién horneadas.


Zeus tardó un segundo en reaccionar.


—Sí...


Ella sonrió inmediatamente.


Una sonrisa amplia, sincera, de esas que parecen imposibles de fingir.


—¡Sabía que eras tú!


Él arqueó una ceja.


—¿En serio?


—Claro. Bueno... sin tus sexies lentes oscuros cuesta un poquito más, pero sí.


Zeus no pudo evitar una leve sonrisa.


—Pensé que hoy nadie me reconocería.


—Imposible. Yo veo casi todos tus videos. Bueno... Los tuyos y los de Arnold Vega.


Los ojos de Zeus cambiaron ligeramente.


—¿Arnold?


—¡Sí!


La joven sonrió con gran entusiasmo. Sus ojos brillaban.


—Cuando hacen colaboraciones juntos parecen dos héroes de una película mitológica. O dos dioses griegos semidesnudos compitiendo por quién hace más dominadas. Siempre termino sonrojada y queriendo ir al gimnasio... Aunque normalmente termino comiendo croissants.


Zeus soltó una risa.


Una risa auténtica.


Probablemente la primera del día... Y la primera en mucho tiempo.


—Eso no suele aparecer en los comentarios.


—Pues porque todos quieren parecer muy disciplinados. Yo prefiero ser honesta. La vida ya es suficientemente complicada como para fingir que una milhoja de pistacho no puede hacer feliz a una persona.


Zeus volvió a reír.


Aquella chica poseía una capacidad extraña para desarmar la solemnidad.


—¿Cómo te llamas?


—Lindsay. Soy pastelera. Bueno... Repostera obsesiva, según mi contador.


Le mostró orgullosamente el recipiente.


—Todo esto va para una cafetería a una calle de aquí. Estoy estrenando una línea gourmet de temporada. "Primavera en París"... aunque todavía estemos en Nueva York.


Zeus observó los postres.


Cada uno parecía demasiado bonito para comerse.


—Son impresionantes.


—Gracias.


Luego inclinó apenas la cabeza.


Su expresión cambió ligeramente.


Más tranquila.


Más atenta.


—Aunque... Tú no pareces estar celebrando la primavera— dijo Lindsay.


Zeus bajó la mirada.


No respondió.


Lindsay tampoco insistió.


Simplemente permaneció allí.


Esperando.


Como hacen las personas que saben escuchar.


Varios segundos después habló con una serenidad inesperada.


—Mi abuela decía que cuando una receta sale mal, no se tiran los ingredientes. Solo se vuelve a empezar.


Él sonrió con melancolía.


—Eso sirve para los postres— dijo Zeús.


—Y para las personas— dijo Lindsay.


Hubo un breve silencio. 


Ella prosiguió


—A veces creemos que perder algo significa que nosotros también perdimos valor. Pero no. Solo significa que esa historia terminó. Y otra todavía no ha comenzado.


Zeus permaneció inmóvil.


Aquellas palabras eran simples.


Precisamente por eso resultaban tan difíciles de ignorar.


Lindsay miró su reloj.


—Ay, no... Tengo que irme. Mi Mini Cooper está estacionado dos calles más allá y todavía debo entregar todo esto antes de que empiece el concierto principal en la plaza en unos momentos.


Lindsay le dedicó una última sonrisa a Zeús.


—Espero que vuelvas a grabar con Arnold. Hacen muy buen equipo. Y... Espero que aquello que te puso triste hoy, te deje de doler algún día.


Sin esperar respuesta, comenzó a caminar entre la multitud.


Su coleta castaña se balanceaba suavemente mientras desaparecía entre los pétalos y las luces de la fiesta.


Zeus permaneció observándola hasta perderla de vista.


Después miró nuevamente hacia el lugar donde Adolf y Apolíneo seguían abrazados y ahora caminando juntos.


Curiosamente, ya no sintió el mismo vacío.


Solo una pregunta.


Una pregunta pequeña.


Inesperada.


Y, quizá por eso mismo, la sintió peligrosa.


"¿Y si todavía era posible comenzar otra historia?"


Sobre Manhattan, la primavera siguió floreciendo.


Y en algún lugar entre el aroma del pan recién horneado, las flores y el concreto húmedo, el destino le acababa de presentar a Zeus discretamente a una mujer cuya dulzura todavía cambiaría muchas vidas.


Continuará...


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