Amor Entre Rascacielos - Capítulo 7.

 



Amor Entre Rascacielos 

Por: Dirk Kelly 


Capítulo 7 – Los fantasmas del pasado


La primavera seguía respirando sobre Manhattan.


Sin embargo, lejos de la música, de los pétalos suspendidos sobre Broadway y de las parejas que todavía bailaban bajo las luces del festival, otro apartamento permanecía completamente a oscuras.


Solo una lámpara de pie iluminaba el salón.


El resto era silencio.


Zeus Spencer dejó las llaves sobre la encimera de la cocina.


Por primera vez en semanas no sintió deseos de abrir Instagram.


Ni de grabar historias.


Ni de responder comentarios.


El apartamento seguía siendo tan impersonal como el primer día que llegó.


Muebles modernos.


Paredes blancas.


Ventanales inmensos.


Demasiado espacio para una sola persona. Había alquilado aquel lugar únicamente por una razón. Estaba exactamente un piso debajo del apartamento de Adolf. Él no lo supo entonces. Y Zeus había preferido que continuara siendo as hasta ese encuentro dias atras en el ascensor.


Se preparó un café.


Miró por la ventana.


Los últimos fuegos artificiales de la Fiesta de Primavera coloreaban el cielo de Manhattan.


Su teléfono vibró.


La pantalla mostró un nombre conocido.


Arnold Vega.


Zeus respondió.


La imagen apareció inmediatamente.


Arnold estaba recién llegado en su viaje a Arizona, todavía con ropa deportiva después de entrenar. Su cabello rubio oscuro permanecía húmedo por el sudor y detrás de él podía verse un gimnasio casi vacío, bañado por la luz anaranjada del atardecer del desierto.


Sonrió apenas apareció Zeus.


—Hace días que no contestabas.


—Necesitaba pensar.


Arnold lo observó unos segundos. Conocía demasiado bien aquella expresión.

—¿Lo viste?


Zeus asintió lentamente.


—Se reconciliaron— dijo Zeus.


Hubo un breve silencio.


Arnold suspiró.


—Entonces ya sabes lo que toca.


—¿Qué?


—Dejarlo ir.


Zeus apoyó los codos sobre la mesa.


Por primera vez parecía agotado.


No físicamente.


Emocionalmente.


—Hoy conocí a alguien— dijo Zeus.


Arnold levantó una ceja.


—¿Sí?


—Una linda chica. Llevaba una caja llena de postres. Creo que era pastelera. Hablaba demasiado, es una fan, pero su platica me calmó...


Arnold sonrió.


—Eso suele ser buena señal.


Zeus también sonrió. Aunque muy poco.


—Me reconoció. Dijo que nuestras colaboraciones la motivaban a entrenar. Y luego... No sé... Empezó a hablar conmigo como si me conociera de toda la vida.


—¿Y?


—Me hizo sentir... normal.


Arnold permaneció en silencio.


Esperó.


Zeus continuó.


—No intentó impresionarme. No habló de seguidores. Ni de fotografías. Ni de campañas. Solo... me escuchó. Y luego se despidió porque tenía que entregar un pedido.


Arnold dejó escapar una risa.


—Suena bastante más interesante que la mayoría de la gente que conoces.


—Tal vez.


—¿Cómo se llama?


—Lindsay.


Arnold repitió el nombre lentamente.


—Bonito nombre.


Zeus asintió.


Después volvió a guardar silencio.


Arnold dejó de sonreír.


Su voz cambió.


Más seria.


—Escúchame bien. No confundas una conversación bonita con una obsesión nueva.


Zeus levantó la mirada.


Arnold continuó.


—¿Recuerdas Saint Mary? Año dos mil catorce.


El influencer asintió lentamente.


No hacía falta decir más.


Ambos recordaban perfectamente aquel episodio.


Un muchacho rubio claro.


Una joven de cabello negro azabache.


Y otra muchacha rubia, muy dulce ella, que nunca la abandonó.


Todo el instituto había terminado hablando de aquello.


Lo que comenzó como una obsesión romántica acabó revelando algo mucho más perturbador.


Arnold bajó la voz y dijo...


—Juramos que nunca permitiríamos que nuestras vidas se parecieran a aquello.


Zeus permaneció inmóvil.


—Lo sé.


—Y tú estabas empezando a cruzar esa línea ahora, estos dias, incluso tus fans y haters en redes notaron que algo te pasaba— dijo Arnold.


El silencio volvió a instalarse.


Zeus respiró profundamente.


—No voy a convertirme en él. Nunca— dijo Zeus.


Arnold sostuvo su mirada desde la pantalla.


Buscando alguna grieta. No encontró ninguna. Solo cansancio. Y un arrepentimiento que parecía sincero.


—Me alegra escucharlo. Porque todavía estás a tiempo de convertirte en alguien mejor.


Zeus sonrió con melancolía.


—Quizá esa chica Lindsay apareció precisamente para recordármelo.


Arnold levantó su taza de café hacia la cámara.


—Entonces brinda por eso. Y deja que Adolf sea feliz.


Hubo un pequeño choque simbólico de tazas entre ambos lados de la videollamada.


Después la comunicación terminó.


El apartamento volvió a quedarse en silencio.


Zeus permaneció sentado varios minutos.


Sin moverse.


Hasta que finalmente se levantó. Dejo la taza de café sobre la mesa.


Caminó despacio por el pasillo.


Abrió la puerta de su dormitorio.


Y allí seguía.


La pared completa. Cubierta por decenas y decenas de fotografías.


Adolf caminando.


Adolf sonriendo.


Adolf entrenando.


Adolf leyendo.


Y las más recientes.


Adolf junto a Apolineo.


En Central Park.


En Chelsea.


En la High Line.


Zeus permaneció inmóvil frente a ellas.


Se quedo viendo fijamente todas aquellas fotos en la pared.


Y esas palabras que le acababa de decir a Arnold seguían resonando en su cabeza:


"No voy a convertirme en él."


Sus dedos se acercaron lentamente a una de las fotografías.


No la arrancó.


No la rompió.


Simplemente la observó durante largo rato.


Como quien contempla la última página de un libro antes de decidir si tiene el valor de cerrarlo.


Fuera, la ciudad continuaba despierta.


Y, en algún lugar de Manhattan, la primavera seguía prometiendo nuevos comienzos.


Mientras, frente a aquella pared cubierta de recuerdos, Zeus comprendía que el enemigo más difícil de vencer nunca había sido Adolf... Ni Apolíneo...


...Había sido el hombre sonriente y algo arrogante que lo observaba cada mañana desde el espejo.


Continuará...




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