Amor Entre Rascacielos - Capítulo 8.





Amor Entre Rascacielos 

Por: Dirk Kelly 


Capítulo 8 – Donde florecen los gigantes


Después del inicio la Fiesta de Primavera, Manhattan tardaría varios días en desprenderse de las flores. Seria toda una semana esa celebración nueva.


Y esa noche los pétalos permanecían atrapados en las cornisas de los edificios, flotaban sobre las fuentes de Bryant Park y se acumulaban en los rincones de Central Park como pequeños recuerdos de una celebración que la ciudad habia comenzado con alegría y esperanza.


Algunos pétalos descansaban todavía sobre los hombros de Adolf y Apolíneo mientras caminaban lentamente por las calles iluminadas por los falores de la noche que iniciaba.


No tenían prisa.


Esta vez el tiempo parecía caminar al mismo ritmo que ellos. Las conversaciones ya no nacían de la incertidumbre. Nacían de la confianza.


Mientras avanzaban por Greenwich Village rumbo al apartamento de Apolineo, los escaparates comenzaban a encender sus luces y los cafés dejaban escapar aromas de pan recién horneado, café tostado y vino tinto.


Adolf sonrió.


—¿Sabes qué es lo más extraño? — dijo


—¿Qué cosa?


—Si alguien me hubiera dicho hace unos meses que terminaría enamorándome del hombre que me robó accidentalmente un café... habría pensado que era el peor guión romántico de la historia.


Apolineo soltó una carcajada.


—Fue el destino.


—Fue un barista distraído.


—Los dioses también usan baristas.


Adolf negó con la cabeza entre risas diciendo:


—Eso sonó ridículamente poético.


—Pues te estás acostumbrando a mí— dijo Apolíneo sonriendo.


Continuaron caminando. Los rascacielos aparecían a lo lejos como inmensos cipreses de acero elevándose hacia un cielo donde la primavera parecía haber encontrado residencia permanente.


Entonces Adolf volvió a hablar.


—He pensado mucho en True Romance.


Apolineo lo miró.


—¿La aplicación?


—Sí. Durante años creí que bastaba con deslizar un dedo para encontrar el amor. Miles de perfiles. Miles de posibilidades. Y, sin embargo... Nunca encontré realmente a nadie después de que termine con Zeus a quien conocí en una rueda de prensa para una campaña de una marca de lujo en la que fui la cara principal.


Adolf guardó unos segundos de silencio.


—Encontré hombres fascinados por mi cuerpo— prosiguió —...Por mi imagen. Por esa versión perfecta de mí que aparecía en las fotografías. Pero casi nadie quería conocer al hombre que había detrás. Apolíneo caminó unos pasos antes de responder.


—Las aplicaciones no son el problema. Son solo puertas. Lo importante sigue siendo quién decide cruzarlas.


Se detuvieron frente a un pequeño puente peatonal.


—Yo nunca quise descargar ninguna— continuó Apolíneo —Pensaba que el amor debía sorprenderte. Como un músico que aparece en una plaza. Como una conversación en una librería... Como un café servido a la persona equivocada.


Adolf sonrió y dijo:


—Y al final... ambos teníamos un poco de razón. Las aplicaciones pueden acercar personas. Pero jamás fabricar aquello que ocurrira entre ellos. Porque ningún algoritmo sabe programar el temblor que produce una mirada sostenida. Ni la tranquilidad que aparece cuando el silencio deja de resultar incómodo. Ni la forma en que una ciudad entera puede desaparecer cuando la persona correcta sonríe.


Llegaron finalmente al edificio donde vivía Apolíneo.


Era un inmueble antiguo de ladrillo rojizo, cubierto parcialmente por hiedra y balcones llenos de macetas.


No tenía el lujo silencioso del sofisticado rascacielos donde vivía Adolf.


Tenía otra clase de riqueza. Libros, vinilos, plantas, velas, pinturas apoyadas contra las paredes. Una guitarra descansando junto a una ventana abierta.


El apartamento olía a madera, café, incienso y lavanda.


Parecía habitado por alguien que coleccionaba emociones antes que objetos.


—Bienvenido a mi pequeño caos —dijo Apolíneo.


Adolf observó el lugar lentamente.


Después sonrió con una ternura que desarmó cualquier ironía.


—No. Creo que acabo de entrar en un hogar.


Apolineo se acercó. Muy despacio. Sus manos encontraron las de Adolf. La distancia desapareció sin esfuerzo. Se besaron en la boca con la serenidad de quienes ya no necesitan demostrar nada.


La luz de la luna envolvía sus rostros mientras las sombras de la noche comenzaban a dibujar nuevas formas sobre las paredes. Las chaquetas quedaron olvidadas sobre una silla.


Las palabras dejaron paso a las caricias más sencillas. A la cercanía. Al descubrimiento pausado de dos hombres que, después de tantos obstáculos, podían por fin entregarse uno al otro sin miedo.


La ciudad continuó brillando al otro lado de la ventana.


Y mientras Manhattan seguía respirando, ellos comenzaron a escribir una historia compartida sin fantasmas entre los dos.


---


A la mañana siguiente.


En otro edificio de Manhattan.


Zeus Spencer cerró la última maleta. El apartamento estaba casi vacío. Solo permanecía en pie aquella pared. La misma pared cubierta durante meses por fotografías de Adolf. Y, más recientemente, de Adolf junto a Apolíneo.


Respiró profundamente. Una por una fue retirándolas. Con cuidado. No con rabia. Solo despidiendose. Las colocó dentro de una caja de cartón. Pensaba llevárselas. Quemarlas. No como un acto de odio. Sino como alguien que decide cerrar un capítulo para no volver a leerlo.


Cuando terminó, el apartamento parecía extrañamente más grande. Más silencioso. Más honesto. Tomó las maletas. Entró al ascensor. Las puertas descendieron lentamente hasta el vestíbulo.


Cuando se abrieron...


...El destino, el universo o Dios volvió a demostrar que posee un sentido del humor exquisito.


Adolf y Apolíneo acababan de entrar al edificio.


Conversaban animadamente.


Reían.


Traían todavía desde la tarde y noche anteriores algunos pétalos secos atrapados entre la tela de sus abrigos.


Los tres quedaron inmóviles durante apenas unos segundos.


Ninguno esperaba aquel encuentro.


Zeus respiró hondo. Después sonrió. No era la sonrisa perfecta del influencer. Era una sonrisa cansada. Humana. Se acercó despacio...


Al pasar junto a ellos inclinó apenas la cabeza.


—Feliz día, caballeros.


Hubo un breve silencio.


—Lamento cualquier incomodidad que les haya causado. Ahora debo irme. Mi vida me espera...eso y millones de seguidores.


Intentó bromear.


Pero incluso él sabía que aquella frase escondía cierta melancolía.


Adolf fue el primero en responder.


Le tendió la mano.


Zeus la observó sorprendido.


Luego la estrechó.


Con firmeza.


Sin rencor.


—Cuídate, Zeus— dijo Adolf.


Apolíneo asintió con una sonrisa tranquila.


—Espero que encuentres aquello que realmente estás buscando— finalizó Adolf.


Zeus los miró unos segundos.


Después soltó lentamente la mano de Adolf.


—Creo... que por primera vez voy a intentarlo.


Se dio la vuelta. Cruzó el vestíbulo. Las puertas automáticas se abrieron. La luz de la mañana inundó la entrada del edificio. Y, sin volver la vista atrás, Zeus Spencer desapareció entre la multitud de Manhattan.


Adolf y Apolíneo permanecieron observando hasta que dejó de verse.


Ninguno dijo una palabra.


Ya no hacía falta.


La ciudad continuó despertando.


Los rascacielos levantaban sus inmensas siluetas hacia el cielo, orgullosos y serenos, como antiguos templos de acero donde la belleza, el deseo, el amor y la ternura podían convivir sin esconderse.


Y entre aquellas torres que atravesaban el horizonte como una silenciosa declaración de amor, dos hombres comprendieron que no eran los rascacielos y sus alturas las que sostenían a Manhattan.


Eran los corazones capaces de elevarse juntos.


Porque hasta el rascacielos más alto y gallardo termina siendo solo un montón de piedras y metal...


...Si no existe otro dispuesto a crecer a su lado.



FIN




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