Dulce Como Amélie - Capítulo 2.




Dulce Como Amélie

Por: Dirk Kelly 


Capítulo 2 - Llamadas que acortan desiertos




La tarde seguía oliendo a primavera cuando Lindsay Harrington encendió el pequeño Mini Cooper color crema y abandonó lentamente las calles cercanas al festival despues de entregar pesonalemente el pedido de repostería en Delos Café.


Manhattan continuaba celebrando.


Los músicos callejeros improvisaban melodías de jazz en las esquinas, los vendedores de flores parecían haber agotado todas las peonías de la ciudad y el viento seguía jugando con los pétalos que flotaban entre los edificios como pequeños copos rosados.


Lindsay bajó un poco la ventanilla.


Entró el aroma de los árboles recién florecidos mezclado con el inconfundible perfume del café tostado que escapaba de una cafetería italiana.


Sonrió.


Siempre había pensado que Nueva York tenía un olor distinto en primavera.


No era únicamente el perfume de las flores.


Era el olor de millones de personas convencidas de que todavía podían comenzar algo nuevo.


El sistema del automóvil emitió un discreto sonido.


En la pantalla apareció un nombre que la hizo sonreír todavía más.


Isabela Moreau.


Lindsay aceptó la videollamada.


La pantalla mostró inmediatamente el rostro alegre de una joven de cabello castaño oscuro recogido en una trenza desordenada. Tenía algunas manchas de grafito sobre una mejilla y llevaba una enorme camiseta blanca cubierta por diminutas salpicaduras de acuarela.


Detrás de ella se distinguía un estudio lleno de caballetes, lápices, ilustraciones botánicas, cuadernos abiertos y una ventana desde donde podía verse el cielo inmenso del desierto de Arizona.


—¡Por fin contestas! —rió Isabel—. Pensé que la gran ciudad ya te había convertido en una ejecutiva demasiado importante para hablar con la gente del desierto.


Lindsay soltó una carcajada.


—Claro. Soy tan importante que acabo de entregar una caja de éclairs, tartaletas y macarons de naranja y ahora voy manejando con las manos un poco llenas de azúcar glas.


—Eso suena mucho más peligroso que cualquier oficina.


Las dos rieron.


Aquella era una amistad construida durante casi veinte años.


No necesitaban esforzarse para conversar.


Las palabras encontraban solas el camino.


—¿Cómo está Ajo? —preguntó Lindsay.


Isabela giró la cámara unos segundos.


El paisaje apareció inmenso.


Montañas ocres.


Cactus.


Calles tranquilas.


Un cielo azul que parecía no terminar nunca.


—Exactamente igual que ayer. Y que la semana pasada. Y probablemente que dentro de diez años.


Lindsay observó aquella imagen con cierta nostalgia.


—Extraño Arizona.


—No solo extrañas Arizona. Extrañas varias cosas como los domingos con tus padres. Y el pan recién salido del horno que hacian especialmente ese dia para llevar a la iglesia para despues de la misa.


—También eso.


Isabela sonrió.


Conocía perfectamente a Lindsay.


Habían crecido prácticamente juntas.


Mientras los Harrington levantaban poco a poco Le Petit Panetière, los padres de Isabel dirigían una pequeña papelería y tienda de artículos para bellas artes donde ella descubrió, siendo apenas una niña, que el dibujo era mucho más que un pasatiempo.


Era una forma de mirar el mundo.


—¿Y cómo va la pastelería? —preguntó Isabela.


—Cada vez mejor.


Mi papá dice que la clientela neoyorquina ya distingue una mantequilla buena solamente por el aroma.


—Tiene razón. Y tu mamá seguramente ya está inventando otro postre increíble.


Lindsay sonrió con ternura.


—Ahora quiere hacer macarons inspirados en flores silvestres, y justo hoy estrenamos una línea gourmet de temporada: "Primavera en París", autoría de ella.


—Eso suena completamente a ella.


Hubo unos segundos de silencio.


Después Isabela apoyó el mentón sobre una mano.


—Ahora cuéntame la verdadera razón por la que tardaste tanto en contestar.


Lindsay bajó un poco la velocidad del automóvil.


Sabía que no podía ocultarle nada.


—Hoy conocí a alguien.


Isabela arqueó inmediatamente ambas cejas.


—¿Un hombre?


—No. Bueno... Sí. Pero no de esa forma. Era Zeus Spencer. El influencer fitness.


Isabela abrió mucho los ojos.


—¡¿Qué?!


—Estaba solo. Muy triste. Y terminé hablando con él. Le entregué un pedido cerca del festival de primavera. No sé... Me dio mucha pena.


Isabela la observó con esa mezcla de diversión y cariño que tantas veces había sentido desde niñas.


—Lindsay Harrington... Nunca vas a cambiar.


—¿Eso es malo?


—Al contrario. Solo tú eres capaz de ir a entregar pasteles... y terminar adoptando emocionalmente a un influencer con millones de seguidores.


Las dos estallaron en carcajadas.


Cuando dejaron de reír, Isabela volvió a hablar con una dulzura casi fraternal.


—¿Sabes qué creo?


Lindsay negó con la cabeza.


—Creo que Dios te hizo pastelera únicamente para que tuvieras una excusa elegante para repartir esperanza.


Lindsay permaneció unos segundos en silencio.


Aquellas palabras le recordaron inmediatamente la oración que había hecho apenas unos minutos antes por Zeus.


Miró un instante el tráfico de Manhattan.


Después sonrió.


—Ojalá tengas razón.


Isabela inclinó ligeramente la cabeza.


—La tengo. Porque llevas haciendo eso desde que teníamos diez años. Siempre encontrabas la manera de hacer sentir mejor a alguien. Aunque fuera regalándole una galleta. O un dibujo. O simplemente escuchándolo.


Lindsay sintió que el pecho se le llenaba de una calidez difícil de explicar.


A veces olvidaba que las personas que mejor nos conocen son también las únicas capaces de recordarnos quiénes somos cuando nosotros mismos dejamos de verlo.


Mientras el Mini Cooper continuaba avanzando entre las avenidas de Manhattan, las dos amigas siguieron conversando de recetas, clientes extravagantes, ilustraciones, música y recuerdos compartidos.


Ninguna imaginaba que aquella llamada, aparentemente cotidiana, era otro delicado hilo uniendo historias destinadas a encontrarse de nuevo.


Porque, aunque Lindsay todavía no lo sabía, el destino ya comenzaba a dibujar nuevas páginas.


Y algunas de ellas llevarían la firma de Isabela Moreau.


---


Un par de horas después de finalizada esta videollamada, a más de tres mil kilómetros de Manhattan, el atardecer descendía lentamente sobre Ajo, Arizona.


El desierto cambiaba de color como un lienzo recién pintado.


Los cerros se teñían de cobre, las sombras comenzaban a estirarse entre los saguaros y el calor del día cedía poco a poco ante una brisa tibia que olía a tierra seca y mezquite.


En una antigua casa restaurada de paredes color arena, Isabel Moreau terminaba de limpiar cuidadosamente sus pinceles.


El estudio donde trabajaba era luminoso y acogedor. Había ilustraciones botánicas colgadas con pinzas de madera, bocetos de personajes pegados sobre un enorme tablero de corcho y varias macetas con pequeñas suculentas creciendo alrededor de la ventana.


El sonido de una videollamada, en la misma laptop por donde había hablado con Lindsay, interrumpió el silencio.


La pantalla mostró inmediatamente un rostro elegante que Isabela conocía desde niña.


—¡Tía Helena!


Helena Moreau apareció desde una oficina en Manhattan impecablemente ordenada.


A través del enorme ventanal detrás de ella podía verse Manhattan comenzando a encenderse bajo los tonos azulados del anochecer.


Vestía un traje color marfil de corte impecable. Su cabello oscuro permanecía perfectamente recogido y un discreto collar de perlas descansaba sobre el cuello de su blusa negra.


Incluso después de una larga jornada laboral conservaba aquella serenidad sofisticada que hacía pensar que el estrés nunca se atrevía a tocarla.


—Buenas tardes, Isabelle.


La sobrina hizo una mueca divertida.


—Solo tú sigues llamándome Isabelle.


Helena sonrió apenas.


—Porque fue el primer nombre que te decía cuando naciste, siempre me gusto más en francés. ¿Cómo estás?


—Bien... dibujando mucho. ¿Y tú?


—Haciendo horas extras incluidas en mi cargo de liderazgo. Como siempre.


La cámara mostró por un instante parte del amplio despacho.


Más allá podían verse los pisos elegantes de Rizzo Shields, todavía iluminados aunque a esa hora la tienda ya había cerrado al público.


Algunos empleados organizaban discretamente las vitrinas de la temporada siguiente.


Helena volvió a acomodar el teléfono.


—Estas ultimas semanas han sido particularmente intensa. Con varios cambios de personal. Isabel arqueó una ceja.


—¿Problemas?


—Todo lo contrario. Una de nuestras mejores empleadas recibió un ascenso muy importante. Se marchó hace apenas unos días a París para incorporarse a la sede europea.


Isabela sonrió.


—¿La chica de la que me hablabas alguna vez?


Helena asintió.


Lizzette Clairbone. La recordarás porque diseñó el escaparate de otoño que tanto te gustó el año pasado.


—¡Claro!¿Y se fue sola? La expresión normalmente contenida de Helena se suavizó. Apenas un instante.


Pero Isabela lo notó.


—No. Su novio dejó su trabajo para acompañarla. Hubo un breve silencio.


Helena continuó con naturalidad.


—Podría haberle pedido que renunciara al ascenso. En cambio decidió impulsarla a aceptar la oportunidad. No es frecuente encontrar personas capaces de amar de esa manera.


Isabela permaneció unos segundos mirando la pantalla.


Aquellas palabras quedaron suspendidas en el estudio mientras, detrás de ella, el último rayo de sol desaparecía sobre el horizonte del desierto.


—Debe sentirse bonito... —dijo finalmente casi en un susurro.


Helena inclinó apenas la cabeza.


—¿Qué cosa?


—Encontrar a alguien que celebre tus sueños como si fueran propios.


La directora de Rizzo Shields guardó silencio unos segundos.


Luego sonrió con esa elegancia discreta que siempre la caracterizaba.


—Llega cuando menos se espera. Pero cuando llega...uno deja de preguntarse si existe. Simplemente lo reconoce.


Isabela apoyó el mentón sobre una mano.


Sin darse cuenta comenzó a imaginar a aquel hombre desconocido.


No pensó en alguien perfecto.


Ni famoso.


Ni extraordinario.


Aunque sí parecido a Zeuz Spencer, muy parecido... solo que sí con gusto sexual por las mujeres.


Imaginó a un hombre capaz de mirarla mientras dibujaba durante horas sin pedirle que cambiara.


Alguien que comprendiera sus silencios.


Que alabara un boceto con la misma ilusión con la que otros celebran un ascenso.


Alguien dispuesto a caminar junto a ella.


No delante.


Ni detrás.


A su lado.


Helena observó el brillo soñador que había aparecido en los ojos de su sobrina y sonrió para sí.


—¿En qué piensas?


Isabela volvió a la realidad con una pequeña risa.


—En que quizá algún día yo también encuentre un hombre así.


Helena cerró lentamente la carpeta que tenía sobre el escritorio.


—No tengas prisa. Las mejores historias nunca empiezan cuando las buscamos desesperadamente. Empiezan cuando estamos ocupados viviendo la nuestra.


Isabela asintió.


Aquella frase quedó grabada en su memoria con la misma delicadeza con la que un ilustrador traza la primera línea de un dibujo.


Las dos continuaron conversando unos minutos más sobre la familia, el trabajo y los nuevos proyectos de la panadería de los Harrington en Nueva York. 


Cuando finalmente terminaron la videollamada, Helena volvió a recorrer con la mirada la silenciosa tienda de Rizzo Shields.


Muy lejos de allí, en Arizona, Isabel apagó la lámpara de su estudio.


Ninguna de las dos podía imaginar que el destino ya comenzaba a preparar discretamente el siguiente capítulo de sus vidas.


Porque, al igual que una ilustración o un escaparate perfecto, el amor verdadero rara vez aparece de golpe.


Primero se dibuja en silencio. Luego, un día cualquiera, alguien descubre que siempre había estado allí... aunque sea a través de medios de comunicación digitales, esperando el momento justo para cobrar vida.


Continuará...













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